Japoneses

UNO Me levanto. Preparo un té con leche y medio dormido, medio despeinado, me siento frente a la computadora. Mientras se inicia tomo unos tragos de ese té con leche que en estos días se enfría más rápido que nunca. La máquina está lista para que comience a navegar por Internet. Abro las primeras páginas y empiezo a leer las noticias del día. Primero recorro los diarios de la Argentina: Clarín, Página 12. Noto que las noticias no cambiaron mucho desde ayer: la cantidad variable y en ascenso de muertos por el accidente aéreo en aguas del Atlántico, las declaraciones de los políticos que también son variables y siempre en ascenso (en el tono de la acusación) y que casi ocupan todo el contenido de las páginas, algo de deporte y nada más. Las cierro y comienzo a leer los diarios internacionales. Abro la página del diario El País de España. Ahí me encuentro con la noticia más desalentadora de todas las que leí. El título es sugestivo y es imposible de pasarla por alto. Dice: Una empresa de Tokio se dedica a alquilar familiares y amigos falsos para ceremonias. Abro la noticia y resurge el texto de manera violenta. Parece ser que en Japón le dan la posibilidad a las parejas para que en su casamiento alquilen una familia falsa, amigos y colegas para inflar la lista de invitados. La noticia sigue, dice: mucha gente en Japón ve las bodas como una celebración formal a la que tiene que asistir tanta gente como sea posible, entre familia, amigos y compañeros de trabajo. También dice que con la llegada de la crisis a Japón han aumentado estas peticiones de sustitución de compañeros de trabajo, y que por otro lado, los clientes buscan a un jefe falso, ya que el verdadero puede que esté demasiado ocupado para asistir tras perder su trabajo.
Y todo esto por la módica suma de 20.000 yenes, o sea unos 143 euros. Y la oferta no sólo queda en eso, hay más. Por 5.000 yenes extras esa persona que se alquila puede cantar o bailar, y si pagás otros 10.000 yenes, esa persona hace un discurso que te hará sentir orgulloso. La noticia sigue: La empresa tiene alrededor de cien compromisos para bodas al año y cuenta con mil sustitutos para diferentes ocasiones, ya que no sólo cubren bodas, sino también funerales y seminarios de aprendizaje. Incluso ofrece novios falsos para presentarlos a la familia y sustitutas de secretarias para parecer importante.
Sigo leyendo, y la sorpresa no se va de mi lado, sigue conmigo, firme, sopapeándome. Leo: según el director de la empresa, a veces ni siquiera la pareja del que contrata se dá cuenta de que los invitados de su media naranja son falsos. Y concluye diciendo ese director, de manera lapidaria: la gente es orgullosa y no quiere explicar a su pareja que no tiene muchos amigos. La risa comienza a mermar. Tomo el último sorbo de té con leche, me paro y me alejo de la computadora.

DOS En Japón conviven aproximadamente 30 millones de personas. De esas 30 millones de personas, un tercio, vive sola. Pero no se asusten, esto sólo es más información nutrida de fríos y rudimentarios números. Muy lejos de lo humano, de lo emocional.
¡Un tercio vive sola!

TRES Sí, la noticia de la empresa japonesa había sido la más desalentadora hasta ese momento, y por más que seguí leyendo no fue superada en todo el largo día. Pero ustedes me preguntarán: “¿Pero qué hay de desalentador? Si es una noticia graciosa”. No lo voy a negar, la noticia es graciosa. Hasta les diría que es muy graciosa (y más por estas latitudes, donde siempre hay que recortar las listas de cualquier festejo por falta de fondos). Pero como dije antes, de a poco la risa comenzó a irse y se quedó la reflexión. Ahí es donde esa misma noticia comienza a ser desalentadora. Uno comienza a preguntarse: ¿Hacia dónde estamos yendo como personas? ¿Esta tendencia japonesa va a ir creciendo hasta propagarse en todo el mundo?
Esas respuestas son fáciles de responder si pensamos que a veces la comunicación entre las personas, incluso en el núcleo familiar y en el trabajo se ha debilitado, se ha deteriorado a niveles increíbles. También esas respuestas son fáciles de responder si pensamos que cada vez escuchamos menos al otro, y no digo a un desconocido, no pretendo ser utópico, sino a personas que están al nuestro lado, a las que tenemos al alcance de la mano, y a las que no le damos ni una suave caricia; personas de las que no sabemos qué les pasa, qué necesitan. Esas respuestas son fáciles de responder si pensamos que el individuo ya va dejando de ser individuo, para ir tornándose cada vez más individualista, más egoísta. Y sí, esas respuestas son fáciles de responder si cada vez estamos más encapsulados, aislados, como si de esa fuera la manera de vivir en sociedad, de ser socios anónimos en este mundo.

CUATRO Me baño antes de ir a trabajar. Salgo de mi departamento, bajo las escaleras y al salir a la calle me encuentro con el portero. Lo saludo. Nicolás, que es bastante joven (seguro que no se casó todavía), apenas agacha la cabeza, mirando para otro lado. Cierro la puerta y me alejo. Mientras camino hacia la parada de colectivos me imagino a Nicolás en su casamiento, rodeado de japoneses que lo abrazan, que lo lanzan al aire en medio de la fiesta, y que lo hacen sentir orgulloso. Llego a la parada riéndome. Apenas pasan unos minutos y llega el colectivo. Me subo y ya sin reírme, comienzo el viaje de todos los días.

Trafic

Pagué y subí. Agaché un poco la cabeza para ingresar a la Trafic y me senté en la segunda hilera de asientos dobles, junto a la ventanilla. A mi lado, el asiento estaba vacío. Me acomodé, corrí la cortina y el sol entró rápido y generoso por la ventana. El viaje era corto, apenas veinte minutos: desde los juzgados civiles cercanos a Retiro hasta el Palacio de Tribunales. La Trafic se puso en marcha. Pero antes de salir subió la última persona. Un señor mayor, con poco cabello, canoso, de sobretodo marrón. Como el único lugar libre que había era el que estaba al lado mío, vino directo hacia él. Antes de sentarse me saludó: “Buenos días”, me dijo de manera amable. Lo miré y le retribuí el saludo con uno más moderno, más informal: “hola”, le dije mirándolo a los ojos. Un segundo después comenzó el viaje por las calles de la ruidosa Capital federal, ruidos que sólo los tiene ella. Pero los pasajeros que viajábamos en esa Trafic también teníamos nuestros propios ruidos. Eran los ruidos de los celulares, que no paraban de avisar que alguien llamaba o que mandaba un texto. Con ringtones del Los auténticos decadentes hasta la voz gritona de Antonio Ríos. Desde la imitación del sonido de los antiguos teléfonos hasta una música electrónica de lo más machacadora. Sonaba de todo en esa Trafic. Hasta que en un momento a mi compañero de asiento también le comenzó a sonar su celular. Atendió. Se quedó durante varios segundos con el teléfono posado sobre la oreja derecha. No dijo una sola palabra. Hizo señas negativas con la cabeza y cambió el teléfono de oreja. Ahí recién dijo algo: “En Uruguay…”, y se interrumpió. Lo primero que se me pasó por la cabeza fue la calle Uruguay, donde trabajo. Me desentendí un segundo, hasta que el señor mayor de sobretodo retomó con la frase: “En Uruguay, no”. De nuevo, no me imaginé otra cosa que no fuese esa calle, sus bares, sus veredas, la gente de traje y portafolio. Mientras se me figuraba todo eso, el señor mayor volvió a hablar. “Mirá, se presenta como candidato a presidente un zurdo más zurdo que el que tenemos acá… la verdad que no se lo recomiendo, yo ya hablé con él…”. Cuando pronunció la palabra zurdo, levantó el tono, como para que todos lo oyeran. Yo lo miré de reojo, no a la cara, sino al poco pelo canoso que tenía detrás de las oreja izquierda. De la persona que hablaba ese señor mayor de sobretodo, era del candidato a la presidencia de Uruguay, José Mujica, ex Senador y Ministro de Ganadería de Tabaré Vázquez. Sí, hablaba de él, de “el Pepe”, como le dicen, el que dijo al día siguiente de que fuera electo como candidato a Presidente por el Frente Amplio uruguayo: "El mundo está cambiando, hay un negro en el Gobierno de Estados Unidos, un indio en Bolivia, Lula en Brasil, y sin odio. Y yo represento a los que vienen bien de abajo y siento orgullo y compromiso, pero bien sé que nadie es más que nadie".
Con el sol dándome de lleno en la cara, pensaba en la palabra dicha por el señor mayor de sobretodo. “Zurdo”, había dicho, sinónimo despectivo con que se la identifica a la persona que tiene ideología de izquierda. Zurdo. Y esa palabra resonaba en mí con una reverberancia inaudita.
El viaje seguía, sólo faltaban pocos minutos para llegar. Y los teléfonos seguían sonando. Y oía saludos, algún que otro “yo también te quiero”, un “me encantó lo de anoche”, muchos “el expediente…”. Muchas palabras y frases dichas por personas anónimas en la que habían historias en cada una de ellas. Pero yo seguía pensando en mi compañero de asiento, que ahora estaba en silencio, y que se había pasado el teléfono de nuevo a la oreja derecha. Miré hacia afuera. Me di cuenta que faltaba sólo una cuadra para llegar. Ahí recién oí la última frase de ese señor mayor de sobretodo: “Le dije. Yo le dije, en Alemania ese dinero le podría dar una fortuna”. Me sonreí. Entendí todo.
La Trafic recorrió esa cuadra y llegó a destino. Cuando encontró el lugar estacionó con dos maniobras estrepitosas. Me moví como preparándome para levantarme, y con la sonrisa todavía dibujada en la cara lo miré al señor de sobretodo que acaba de cortar la llamada telefónica. El también me miró y muy amablemente me saludó. “Que tenga buen día”, me dijo, y se paró. Con la cabeza agachada, bajó de la Trafic y se fue caminando lento hacia la esquina. Lo seguí con la mirada hasta que dobló y desapareció para siempre de mi vista.

El diálogo

Lunes al mediodía. Estoy acostado en mi pieza. Oigo a mamá que me llama para almorzar. Me levanto y voy a la cocina. El televisor está prendido con el volumen bastante fuerte. Nos sentamos: papá en la cabecera (como siempre), y mis dos hermanos y yo, a los costados. Mamá comienza a servir la comida: spaghetti con salsa bolognesa. El primer plato es para papá. Después nos sirve a mis hermanos y a mí. Mamá se sienta y empezamos a comer. Estamos todos en silencio, el único ruido es el del televisor. Están pasando un programa donde lo único que hacen es contar intimidades, como dos viejas en el barrio, pero a escala nacional. En ese programa, una chica joven, rubia, y con una remerita blanca que hace todo lo posible para sujetar unas enormes tetas, le dice a su ex novio (que casualmente está sentado al lado de ella), que es un cornudo. Gaspar, mi hermano del medio, sonríe. Intento cambiar de canal. “No dejá ahí, no hay nada para ver a esta hora”, me dice Fabio, el más chico. No le hago caso, agarro el control remoto y pongo otro canal. Pasan no menos de diez segundos: “Qué, ¿vas a dejar eso? Poné donde estaba”, me vuelve a decir Fabio. Como no quiero discutir, vuelvo al canal de antes. Ahora, el que habla es el ex novio de la chica de las enormes tetas. No, no habla, grita: “Ella también es una cornuda”, aceptando que fue cornudo y que además él le fue infiel. El programa prosigue con el mismo tema, intentado saber quién es el más cornudo de los dos. Obvio, entre ellos no se ponen de acuerdo. Pero para eso está el conductor, que comienza a investigar en sus respectivos pasados, en cada uno de sus amantes. Y rápido llega a una conclusión: el ex novio es el más cornudo. El programa termina. También terminamos nosotros. Los platos, vacíos. Y pienso: este es el momento de hablar, de contarles lo que me pasó, o al menos, de entablar alguna charla. Comienzo: “El otro día me...”. Pero mis primeras palabras son interrumpidas por el arrastre de una silla. Gaspar ya se estaba parando para volver a su pieza. Intento seguir: “... era una entrevista, para un nuevo trabajo, y me fue…”. Pero de nuevo, otra interrupción: “Cómo pueden hablar de esas cosas por televisión”, dice mi papá, molesto, señalando con una servilleta en la mano al televisor. Yo me callo, no opino. Mamá también está callada, juega, arrastra con el cuchillo las migas de pan que están sobre el mantel, de un lado para el otro. Después de pedirle algo a papá, Fabio se para y también se va a la pieza. Aprovecho para cambiar de canal. Pongo MTV (están pasando un video de Catupecu Machu), donde no hay pseudos-reflexiones, preguntas íntimas, ni gente cornuda hablándole a la cámara. Con este clima es más factible charlar, pienso. Continúo con lo que había comenzado a contar segundos atrás: “Vos sabés que me fue bastante bien, y creo que ya…”. Pero de nuevo, otra interrupción. “¿Me pasás las frutas?”, le dice papá a mamá. Ella se para y busca dentro de la heladera, en el cajón de abajo. Pone una banana, una manzana y uvas en un plato. Espero que termine, me paro y vuelvo a la habitación.
Esa misma noche vuelvo a Buenos Aires. Al día siguiente y por teléfono, papá me cuenta que Fabio, aquel domingo, había corrido en Karting en Mercedes y que había llegado primero, con trofeo y todo; que a Gaspar le iban a entregar el auto que había comprado el sábado; que mamá había empezado yoga hacía una semana, y que estaba contentísima; y que a él, el miércoles pasado, en un análisis de rutina, le había bajado de manera notable el colesterol. Entonces yo también aproveché la llamada telefónica para contarles lo mío. Le conté que me había ido muy bien en una entrevista de trabajo la semana pasada, y que ya el próximo jueves comenzaba a trabajar. Se puso contento -imaginé que mi mamá y mis hermanos también se pondrían de la misma manera-. Me felicitó, yo también lo felicité. Nos saludamos, y los dos, al mismo tiempo, cortamos el teléfono.

Fotos

Tenía ganas de mirar algunas fotos. Fui a la habitación de mis padres y abrí el cajón de la cómoda. Un mar de fotografías sueltas que nunca habían sido ordenadas ni clasificadas. La primera que vi, quizá por su tamaño, fue una de mi hermano menor, de medio cuerpo, posando en el patio viejo del Instituto Niño Jesús, cuando cursaba primer grado; le faltaba un diente, pero eso no le impedía sonreír como si le estuviesen haciendo cosquillas en los pies. La contemplé durante unos segundos y la dejé a un costado. Miré de nuevo hacia el cajón. Me llamaron la atención dos fotos pequeñas que estaban una al lado de la otra. Enseguida las reconocí, eran de mis primeras vacaciones, en Torres, allá, por diciembre del 84.
En aquel año papá había comprado un Ford Sierra blanco (según él, el primero en Paso de los Libres). Era como una nave espacial. Su trompa puntiaguda y los faros inclinados hacia atrás le daban un aspecto futurista que a mí me fascinaba.
Y en ese Sierra fuimos a Torres. Recuerdo que llegamos a la tarde, y lo primero que hicimos fue ir a ver el mar, incluso antes de dejar las valijas en el departamento que papá había alquilado. Apenas estacionó, salimos corriendo con mis hermanos para ver esa inmensa pileta con olas (como lo había definido mi mamá unos días antes del viaje). Como no estábamos con la ropa adecuada no nos tiramos. “Vamos a cambiarnos al departamento”, nos dijo mamá.
Ese día no volvimos, mamá tuvo mucho trabajo acomodando las cosas que papá bajaba del baúl del Sierra y que nosotros ayudábamos a subir por las escaleras hasta el segundo piso.
Pero sí, al otro día fuimos, y temprano. Estacionamos el auto a una cuadra y caminamos hasta la playa. Papá llevando la conservadora, que tenía sanguchitos hechos con pan lactal, en una mano y la sombrilla en la otra. Mamá cargando el bolso con el mate, el termo y las galletitas. Y mis hermanos y yo peleándonos para llevar la tablita de surf (de tergopor) que tanto habíamos insistido que nos compraran el día anterior. Ese día fue mi primera zambullida en el mar, no lo voy a olvidar jamás: una ola me hizo dar vuelta, y tragué esa agua con un horrible gusto a sal. Cuando salimos de la playa fuimos a pasear con el Sierra por el pequeño centro, ida y vuelta, una y mil veces, bajando y subiendo esa calle empinada, característica en Torres, y siempre (como en todas esas vacaciones) con Pimpinela en el pasacassette, y a todo volumen: “…por eso vete, olvida mi nombre, mi cara, mi casa y pega la vuelta”. En los paseos a mí me hipnotizaba ver tantos colores: el de las casas, los negocios, de la ropa. Todavía era la época en que Torres era una ciudad chica, adornada por autos viejos y calles adoquinadas.
A la noche íbamos a comer a algún restaurante o pizzería y a tomar esos helados que se vendían por kilo, que con mis hermanos cargábamos con más confites colorinches que con helado.
Los veinte días que duraron esas vacaciones fueron bastante similares: ir a la playa desde la mañana hasta la tarde, pasear en el Sierra por la ciudad y las cenas afuera del departamento. Pero recuerdo que lo que me había sorprendido, aún más que el mar, habían sido los morros. Tres solitarias montañas que estaban en la parte sur de la ciudad, en el medio de kilómetros y kilómetros de playas.
Un día subimos con el Sierra a uno de ellos, al único morro que se podía subir con el auto. Al morro Do Farol. En ese lugar nos sacamos estas dos fotos que me llamaron la atención en el cajón de la cómoda. En una de ellas yo estoy en el medio de mis dos hermanos, con una vergonzosa sunga amarilla. Ay, esas sungas. ¡Cómo me costaba usarlas! Eran como calzoncillos pero con diferente tela. Las odiaba, pero papá me hacía creer que para entrar al mar sólo se debía usar eso, y entonces, mis hermanos y yo, crédulos, las usábamos. Y aunque papá también las utilizaba, la de él no era de ese amarillo fosforescente como las nuestras, sino negra, mucho más discreta. En esa fotografía papá está detrás nuestro, intentando abrazar a los tres, pero no puede, apenas le toca el hombro a Gaspar, que está en la punta. Fabio, el más chiquito de los tres, es el que menos se ríe, pero posa como sabiendo de que se trata: está parado como un adulto, de brazos cruzados, que para un chico de seis años es sumamente gracioso, como si supiera que esa foto va a ser un recuerdo para toda la vida y que le va a arrancar una sonrisa a todo aquel que alguna vez la mire. Como les dije, yo estoy en el medio, y tengo el flequillo que casi me tapa los ojos. También tengo una sonrisa alargada de boca cerrada, que es con la que voy a salir en todas las fotos posteriores, el resto de mi vida. Recuerdo que mamá sacó esa foto, y que tenía una pollerita blanca y una remera grande y amarilla, típica de los años ochenta. El pelo corto y unos inmensos anteojos de sol que le daban un aire de actriz francesa, pero de estos tiempos.
La otra foto la sacó papá. Seguramente tomó la cámara, encuadró en el visor y nos sonrió, como para contagiarnos; siempre lo hace. Disparó, y listo, ese instante fue capturado para siempre. Mamá justo sale con los ojitos cerrados (¡Qué macana, con lo lindos que son!), con el pelo volándosele hacia atrás, y con un gesto de placer, como disfrutando del viento que corre por encima de esa montaña. Ella también está detrás de nosotros y sí puede abrazarnos a todos, a Gaspar, a Fabio y a mí, no se le escapa ninguno. En esta fotografía Fabio sale con cara de enojado (ya se le olvidó la pose de la foto anterior). Tampoco se imagina que la voy a estar mirando veinticinco años después y que me voy a estar preguntando: ¿Por qué estará enojado? ¿Qué le habrá pasado? En cambio, Gaspar y yo sonreímos más que nunca. Gaspar está haciendo una extraña toma de kung fu (todavía le dura ese fanatismo por Bruce Lee), y tiene unos binoculares de plástico colgados del cuello. Abre la boca como si estuviera cantando. Se nota que está muy feliz.
Es increíble, pero todos estos instantes robados a la realidad, todas estas fotos, no solo están atrapados en un papel de ocho por diez centímetros, sino que también están atrapados en mi memoria, junto a los abrazos de mamá y de papá, a las cariñosas patadas de Gaspar y a las adultas poses fotográficas de Fabio.

El año pasado volví a Torres después de muchos años. Ahora es una ciudad mayor de edad, con edificios altos y automóviles importados y últimos modelos. Ya no hay tantas casas bajas y las calles están casi todas asfaltadas. Muy diferente a aquella Torres del año 84, donde con mi familia nos sacamos esas dos fotos, y donde pasé, mis primeras vacaciones.

Historias de muerte

En la primera de estas historias un asesino a sueldo mata de una manera muy particular y un comisario no lo puede capturar nunca. En la segunda, la mafia rusa hace sus habituales negocios y uno de sus miembros viola y mata a una adolescente. En la última, alguien mira el romance de su hermana con envidia y hace todo lo posible para arruinárselo.
A simple vista podrían ser tres simples noticias que se leen en los diarios o que se ven por la televisión. Pero no, son los argumentos de tres películas que fueron nominadas al Oscar este año. Siempre se dice que estas películas, las nominadas y las ganadoras del Oscar, son aburridas, y quizá no se esté mintiendo; es verdad, casi siempre son aburridísimas, largas y además (y esto es lo que me molesta más aún) hablan de lo políticamente correcto y de lo que la academia quiere y sugiere. Pero felizmente, estas no son de esa familia. Porque en ninguna de estas tres largometrajes ocurre tal cosa.
La primera historia es la película de los hermanos Cohen (El gran Lewoski y Fargo), Sin lugar para los débiles, basada en la novela No Country for old men de Cormac McCarthy, que ganó cuatro de las ocho nominaciones. Seguro va a ser de esas películas que se van a recordar para siempre (léase El padrino o Pulp fiction). Contada con una crudeza y una violencia estremecedora, habitual en los irónicos hermanos Cohen. Con personajes como el que interpreta Javier Bardem (ganador como Mejor actor de reparto), un asesino a sueldo que no se sabe bien quien lo manda y que tiene un corte de pelo ridículo pero que al mismo tiempo da miedo; o con ese cazador, interpretado por Josh Brolin, que en medio de una cacería se encuentra con un dinero que no le pertenece y con una persona agonizante que le pide agua y que él lo trata con indiferencia, pero que al volver a su casa, y en el medio de la noche, la conciencia le dicta que debe redimirse y vuelve al lugar, cometiendo un error que le cuesta bastante caro; o como el personaje del comisario, interpretado por Tommy Lee Jones: un tipo que quizá algo sabe de su profesión, pero que no está decidido a dar ese salto de calidad que tienen las personas que hacen y quieren cosas distintas. Una escena para recordar: cuando el personaje interpretado por Javier Barden le pide a la víctima de turno que elija la cara o la seca de una moneda. Esa escena es simplemente maravillosa, quizás el resumen de la vida, donde el azar tiene ese papel fundamental que casi nadie percibe.
La segunda es Promesas del este, del director David Cronnenberg (
Scanners, Crash y La mosca), y con la actuación del autoproclamado hincha de San Lorenzo, Viggo Mortensen (nominado como Mejor actor), interpretando el papel de un misterioso chofer que al finalizar la película uno cae en la cuenta que no es tan chofer como cree al comienzo. Aquí, Cronenberg, acude a su maestría para contar historias, escondiendo desde el principio pequeñas cositas que se irán develando con el transcurso del relato. También predomina la violencia, no sólo física, sino también psicológica, usuales en las mafias de toda índole y lugar.
La tercera historia es Expiación, deseo y pecado, ganadora de un Oscar (Mejor Música original), y que también fue basada en una novela, la del escritor inglés Ian McEwan, y que Joe Wrigth supo llevar muy bien a la pantalla. Todo esto a pesar de la dificultad que ésta tenía a priori y que fue comentado por el mismo McEwan, que se refirió a lo complicado que es llevar un libro al cine: “Es un trabajo de demolición. Se trata de reducir una novela de 130.000 palabras a un guión de 20.000”.
De toda esta dificultad que presentaba la adaptación de la novela, el director salió airoso, con una película ambientada en el verano de 1935, en plena Guerra Mundial, y que muestra como una precoz escritora, Briony Tallis, interpretada por la nominada al Oscar, Saoirse Ronan, descubre que su hermana mayor, la bellísima Keira Knightley, tiene un amante (James McAvoy), y se pone celosa, acusándolo de un crimen que él nunca cometió.
Es muy interesante qué y cómo se cuenta esta historia. Todo a través de un relato anacrónico y con una voz en off. Con distintas miradas y ángulos; con esas intromisiones atemporales que hacen que uno esté (al menos al principio), redescubriendo escenas vistas segundos antes y desde otro punto de vista, dándole a uno muchísimo placer tal revelación.
En las tres historias que les conté, la muerte es su eje y todo gira alrededor de ella. En una de ellas no es tan evidente, y está en ustedes descubrirlo. También las tres son muy buenas historias a las que vale la pena regalarles un rato de nuestro tiempo para verlas. Pero sobre todo, las tres son historias, las tres son historias de muerte.

Palabras que se estrellan

Es miércoles. Está lloviendo. Dónde estoy hay una ventana. A través de ella veo las gotas pasar a toda velocidad. Van fatalmente a estrellarse en el suelo. No veo como se estrellan, pero me las imagino. Y eso es un poco lo que pasa con la poesía, uno ve palabras, que se entrelazan, que forman versos, unos debajo de otros, que pasan rápido por debajo de la vista. Y uno también se puede imaginar hacia donde van esas palabras. A donde se dirigen. A donde se estrellan. Pueden ser en rostros, en figuras. En el medio puede haber situaciones, amores perdidos, amores ganados. En fin, casi siempre, cuando leemos poesía nos imaginamos ese rostro, esa figura. Esto es inmediato, contemporáneo a la lectura, uno lee y al mismo tiempo se lo imagina, se la imagina. Y a mí, como cada tanto me gusta leer poesía e imaginarme rostros, figuras, situaciones, pretendo que a ustedes también les pase lo mismo. Es por eso que les traigo a dos poetas maravillosos. Dos poesías de una sensibilidad extrema, y de un realismo que conmueve. Una es de Mario Benedetti, la otra del nicaragüense, Ernesto Cardenal. La primera es de una ternura que el escritor y poeta uruguayo transmite a la perfección. Es directa, para un amor actual. La otra, la segunda, es rabiosa y para un amor perdido, o ganado, no lo sé, y la duda seguro también los sobrevolará cuando la lean. Verán si están de un lado, o del otro. Y al leerlas, enseguida lo advertirán. Advertirán cómo esas palabras se estrellan en ese rostro, en esa figura.



Táctica y estrategia
Mi táctica es
mirarte
aprender como sos
quererte como sos
mi táctica es
hablarte
y escucharte
construir con palabras
un puente indestructible


mi táctica es
quedarme en tu recuerdo
no sé cómo ni sé
con qué pretexto
pero quedarme en vos

mi táctica es
ser franco
y saber que sos franca
y que no nos vendamos
simulacros
para que entre los dos
no haya telón
ni abismos


mi estrategia es
en cambio
más profunda y más
simple

mi estrategia es
que un día cualquiera
no sé cómo ni sé
con qué pretexto
por fin me necesites
Mario benedetti




Al Perderte Yo A Ti

Al perderte yo a ti tú y yo hemos perdido:

yo porque tú eras lo que yo más amaba

y tú porque yo era el que te amaba más

Pero de nosotros dos tú pierdes más que yo:

porque yo podré amar a otras como te amaba a ti

pero a ti no te amarán como te amaba yo


Ernesto Cardenal

La moneda y el casillero



a)
Estaba lloviendo y tenía hambre. Decidí ir a comprarme algo para comer. Eran las tres de la tarde de un sábado. Me calcé la mochila y bajé del departamento. Ustedes se preguntarán para qué llevé mochila. Les contesto: la llevé porque es más cómodo para traer las cosas.
Además, ahora, sumé otra excusa, algo que adopté hace más o menos un año. Consiste en tratar de no utilizar bolsas de plástico. Se preguntarán de nuevo, y por qué carajo no querrá utilizar bolsitas de plástico. Les contesto: por razones ecológicas, compañeros, razones ecológicas.

b)
El mercado a donde siempre voy está a tres cuadras del edificio donde vivo. Es una de esas despensas viejas, atendida por un matrimonio de viejitos simpaticones, que te saludan, y si te conocen y saben tu nombre, es una de las únicas cosas que no se olvidan. Pero ese día, la lluvia y el hambre hicieron que decidiera ir al supermercado que queda a sólo una cuadra. Un inmenso supermercado Disco. Cuando intento ingresar al lugar donde están las góndolas, una persona vestida de negro, que en el bolsillo de su camisa se deja leer la palabra Seguridad, estira el brazo y me lo impide. “Tiene que dejar la bolsa”. “Qué bolsa”, le digo. “Esa, la que lleva en la espalda”. Ahí me doy cuenta que habla de mi mochila. “Donde”, le pregunto. “Allá, en los lockers”, y estira de nuevo el brazo y me señala una pared llena de casilleros rojos que están en el fondo. Camino por el costado de todas las cajas hasta llegar a esos casilleros. Me paro enfrente de uno (elijo el número nueve, estaba a mi altura). Me saco la mochila vacía y abro el locker. La introduzco y cierro la puertita. Hace un ruido latoso, inconfundible. Intento ponerle llave y no puedo. Le pregunto a un chico que está cargando bolsas dentro de un cajón de plástico a un metro mío, y me dice: “Tenés que ponerle un peso”. “Cómo, ¿me cobran para guardar la mochila?”, le digo enojado. “Nooo... después te la devuelve”, me dice sonriendo. Enseguida acepté lo me dijo el chico de las bolsas de manera tranquila, sin molestarme. Puse el peso, y me fui a hacer las compras. Una bandejita de cien gramos de paleta y otra del mismo peso de queso, una coca y listo. Cuando volví, el casillero me devolvió el peso y me fui contento hacia mi casa. Me fui apurado, sabiendo que en no más de diez minutos iba a estar comiendo un inmenso sánguche de “jamón” y queso.

c)
Esto que le acabo de contar me pasó apenas llegado a Buenos Aires. Y durante todos estos años puse la moneda de un peso sin chillar. Sin preguntarme el por qué de esta práctica absurda. Pero eso fue hasta ayer, que al ir al supermercado e intentar dejar la mochila en el locker, me di cuenta que no tenía esa exclusiva moneda. A cambio, tuve que dejar que me revisasen la mochila al salir. Y ahí sí comencé a pensar el porqué de ese sistema. ALGUNOS me van a decir que es para que no te olvides de las cosas. Pero no creo: ¿Te podes olvidar de una mochila y no de un peso? Es medio ridículo. No creo que sea por eso (leer importante conclusión en punto d).
Para ALGUNOS va a ser esta la situación: Vas a ir camino a tu casa, y en tu bolsillo vas a tener molestándote una pequeña y extraña llave (con un inmenso numero, en mi caso el nueve), y en la espalda, te va a faltar la mochila. Vas a decir: “pero qué pelotudo que soy, cómo me voy a olvidar del peso”. Vas a volver, y vas a recuperar el peso… ah, y de paso, también la mochila.



d)
Conclusión: que haya que ponerles una moneda de un peso a los casilleros para poder dejar las pertenencias (mochilas, bolsas, carteras, etc.) no tiene ningún sentido, es simplemente para molestarnos, sí, sólo para molestarnos.


e)
… y cuanto mejor es ir a la despensa de los viejitos simpaticones, donde me llaman por mi nombre y donde la moneda de un peso sirve, solamente, para pagar lo que uno lleva, para nada más.




Instrucciones para leer

¿Recomendar que vean algo por televisión? Sí, lo voy a hacer. Últimamente no se puede ver nada en ese aparato, y creo que coincidirán conmigo. Todos los programas son iguales, todos en busca de lo mismo, el rating, minuto a minuto. ¿Y qué sale de esto? Salen programas clonados, iguales, sin ninguna variante. Pero si fuera todo igual y bueno, qué importaría. Pero no, es todo igual y malo. Y no quiero ser intolerante ni terminante en mi apreciación, porque aborrezco de ello, pero lamentablemente en este caso no tengo alternativa. Pero -siempre hay un pero-, hay pequeñas excepciones, alguna diferenciación dentro de tanta monotonía. Una es la que le voy a recomendar hoy: Ver para leer. Un programa de televisión conducido por el escritor de cabello cano, Juan Sasturain. El programa tiene todo lo que se le puede pedir a un programa sobre literatura, es didáctico, ágil, y no como sinónimo de rápido o acelerado, algo característico en los tiempos que corren en la televisión de aire, donde todo tiene que ser rápido y donde hay que estar en todos lados, ya!, esta es una agilidad que permite que el programa informe, guíe, y, sobre todo, entretenga. Y me hago la idea que entretiene a cualquier televidente, desde los más leídos, hasta los que no tocan un libro ni con una tacuara. El día de emisión es el domingo (esos depresivos domingos, porque díganme, quién no se deprime ese día). Lo único que tiene criticable no es, en sí, nada que tenga que ver con el programa en forma directa, ni mucho menos, sino lo que se emite con anterioridad, y en el mismo canal. Y esto no afectaría si el programa fuera anunciado en la semana con un horario exacto, pero no, la publicidad dice: “... a la medianoche, por TELEFE”, para que todos tengan que ver obligatoriamente, por lo mínimo que sea, un pedacito de ese aburridísimo Gran Hermano.

Mi primera vuelta

Volví, lo tenía olvidado al blog. ¿Cuántas veces habrán leído esto en alguna entrada de blog?. Pero sí, uno siempre quiere subir lo mejor que tiene o que se le presenta en el día. Y dice: “Mañana sin falta subo esto”, y, mientras ese día pasa, se le van ocurriendo un montón de cosas que uno cree que le pueden interesar al lector; eso retrasa y va postergando mi idea y la intrínseca que tiene todo blog, esa de mostrar el día a día, a través de fotos o, como es en mi caso, de textos (aunque algunas fotitos siempre subo). Pero hoy sí, me decidí, basta “del mañana subo”. No voy a publicar un cuento mío (y aprovecho, en medio de estos paréntesis, para agradecer a todos los que lo leyeron y me hicieron llegar su cometario), si no el de un maestro de este género, Guy de Maupassant. Escritor francés y alumno de Flaubert. Pero les hago una pequeña advertencia: NO LO LEAN SOLOS, NI MENOS DE NOCHE, puede ser que Él los moleste un poco y los sugestione al irse a dormir. Los dejo con Guy.

¿ÉL?

Amigo mío, ¿no lo comprendes? Lo creo. ¿Piensas que me volví loco? Tal vez sí estoy algo loco, pero no por la causa que imaginaste.
Sí. Me caso. Ahí tienes.
Y, sin embargo, mis ideas y mis convicciones, ahora como siempre, son las mismas. Considero estúpida la unión legal de un hombre y de una mujer. Estoy seguro de que un ochenta por ciento de los maridos han de ser engañados. Y no merecen otra cosa, por haber cometido la idiotez de ligar a otra vida la suya, renunciando al amor libre, lo único hermoso y alegre que hay en el mundo, y de cortar las alas a la fantasía que nos impulsa constantemente hacia todas las hembras agradables, etc. Me siento incapaz de consagrarme a una sola mujer, porque me gustarán siempre todas las mujeres bonitas. Quisiera tener mil brazos, mil bocas, mil... temperamentos, para poder gozar a un tiempo a una muchedumbre de criaturas femeninas.
Y, sin embargo, me caso.
Añade que apenas conozco a mi futura esposa. La he visto nada más tres o cuatro veces. No me disgusta, y esto basta para mis propósitos. Es bajita, rubia y regordeta. En cuanto sea ya su marido, comenzaré a desear una morena delgada y alta. No es rica. Pertenece a una familia modesta en todos los conceptos. Mi futura es una muchacha, como las hay a millares, útiles para el matrimonio, sin virtudes ni defectos aparentes.
Ahora la juzgan bonita; cuando esté casada la juzgarán encantadora. Pertenece al ejército de muchachas que pueden hacer la dicha de un hombre... mientras el marido no repara que prefiere a su elegida cualquiera de las otras.
Ya oigo tu pregunta: ¿Por qué te casas?
Apenas me atrevo a confesar el motivo que me ha impulsado a una resolución tan estúpida.
¡Me caso por no estar solo!
No sé cómo decírtelo, cómo hacértelo comprender. Me compadecerás, despreciándome al mismo tiempo; llegué a una miseria moral inconcebible.
Estar solo, de noche, me angustia. Quiero sentir cerca de mí, junto a mí, a un ser que pueda responderme si hablo; que me diga cualquier cosa.
Quiero alguien que respire a mi lado; poder interrumpir su dulce sueño de pronto, con una pregunta cualquiera, una pregunta imbécil, hecha sin más objeto que oír otra voz, despertar una conciencia; un cerebro que funcione; ver, encendiendo bruscamente mi bujía, un rostro humano junto a mí; porque..., porque..., porque..., ¡me avergüenza confesarlo!..., solo, ¡tengo miedo!
¡Ah! Tú no me comprendes aún.
No temo peligros ni sorpresas. Te aseguro que si en mi alcoba entrara un hombre, lo mataría tranquilamente. Tampoco me infunden temor los aparecidos; no creo en lo sobrenatural. Nunca tuve temor a los muertos; al morir, cada persona se aniquila para siempre.
Y a pesar de todo..., ¡claro!..., a pesar de todo, tengo miedo..., ¡miedo de mí mismo!... Tengo miedo al miedo; me infunden miedo las perturbaciones de mi espíritu. Me asusta la horrible sensación del terror incomprensible.
Ríete de mí si te place. Sufro sin remedio. Me hacen temer las paredes, los muebles, los objetos más triviales que se animan contra mí. Sobre todo, temo los extravíos de mi razón, que se confunde y desfallece acosada por una indescifrable y tenue angustia.
Comienzo por sentir una vaga inquietud que atormenta mi alma y al fin me produce un escalofrío. Vuelvo la vista en torno y no descubro nada que pueda causarme terror. Yo quisiera encontrar algo que lo motivase. ¿Qué? Algo sensible, corpóreo. Pero ¡ay!, lo que más aumenta mi terror es que no hallo su causa.
Si hablo, mi voz me asusta. Si paseo por la estancia, temo tropezar con lo desconocido que se oculta detrás de la puerta, entre la cortina, en el armario, bajo la cama. Y, sin embargo, tengo la certeza de que mi temor es infundado.
Doy media vuelta con brusquedad, temeroso de lo que tengo a la espalda. Y estoy seguro de que no hay nada temible.
Me agito; mi espanto aumenta; cierro con llave mi habitación. Me hundo entre las ropas de mi lecho, haciéndome un caracol; cierro los ojos obstinadamente y permanezco en semejante postura un tiempo indefinido; reflexionando que la bujía sigue ardiendo y que será indispensable apagarla. Ni siquiera me atrevo a moverme.
¿No es horrible vivir así?
Antes, no me preocupaban esas cosas. Entraba en mi habitación tranquilamente. Iba y venía sin que nada turbase mi serenidad. ¡No me hubiera reído poco si alguien me pronosticara que una dolencia de miedo inverosímil, estúpido y terrible me sobrecogería con el tiempo! Entonces no me asustaba poco ni mucho abrir las puertas en la oscuridad, ni acostarme tranquilamente sin echar los cerrojos, y nunca tuve que levantarme a medianoche para convencerme de que todas las aberturas de mi cuarto estaban herméticamente cerradas.
Mi dolencia lastimosa dio comienzo hace un año de un modo especial.
Era en otoño y en una noche húmeda. Cuando se hubo ido mi asistenta, después de servirme la comida, me puse a pensar qué haría yo. Así pasé una hora dando vueltas por mi estancia. Me sentía fatigado, abatido sin causa, impotente para trabajar, sin deseo de coger siquiera un libro para entretenerme.
Una lluvia menuda golpeaba en los cristales; me invadió la tristeza, una tristeza, inexplicable, unas ganas de llorar, un desasosiego verdaderamente invencible.
Me sentía solo, abandonado; mi casa me pareció silenciosa como nunca. Envolvíame una soledad inmensa y desconsoladora. ¿Qué hacer? Me senté; pero una impaciencia nerviosa me hormigueaba en las piernas. Levantándome, volví a pasear. Es posible que tuviera un poco de fiebre; notaba que mis manos cogidas a la espalda, en una posición frecuente cuando se pasea despacio y solo, abrazábanse una contra otra. De pronto, un escalofrío estremeció todo mi cuerpo. Creí que la humedad exterior penetraba, y me puse a encender la chimenea, que no había encendido aún aquel otoño. Me senté, contemplando las llamas. Pero en seguida tuve que levantarme; no podía estar quieto y sentí deseos de salir, de moverme, de hablar con alguien.
Fui a casa de tres amigos; no encontré a ninguno y encamineme hacia el bulevar, ansioso de ver alguna cara conocida.
Todo estaba triste. Las aceras mojadas relucían. Una tibieza de lluvia, una de esas tibiezas que producen estremecimientos crispadores, una tibieza pesada, una humedad impalpable, oscureciendo la luz de los faroles de gas, lo envolvía todo.
Yo avanzaba con paso inseguro, repitiéndome: "No encontraré a nadie con quien hablar". Asomándome a los cafés, recorriendo la Magdalena, sólo vi personas tristes, hombres abatidos, como si les faltaran fuerzas para levantar las copas y las tazas que tenían delante.
Así anduve mucho tiempo, errante, y a medianoche tomé la dirección de mi casa, tranquilo, pero fatigado. El portero, que se acuesta siempre antes de las once, no me hizo esperar en la calle, contra su costumbre. Y me dije: "Acabará de abrir la puerta para otro vecino".
Siempre que salgo de casa, doy las dos vueltas a la llave. Me sorprendió que sólo estaba echado el picaporte, y supuse que habría entrado el portero para dejarme alguna carta sobre la mesa.
Entré. Aún estaba encendida la chimenea; los resplandores del fuego esparcían alguna claridad por la estancia. Acerqueme para encender una luz y vi a un hombre que, sentado en mi sillón, se calentaba los pies, mostrándome la espalda. No sentí miedo. ¡Ah, ni la más insignificante zozobra! Una suposición muy verosímil cruzó mi pensamiento; supuse que alguno de mis amigos fue a verme, y el portero lo hizo entrar para que me aguardara. Y de pronto recordé su prontitud en abrirme la puerta de la calle y la circunstancia de hallarme la de mi cuarto cerrada sólo con picaporte.
Mi amigo dormía profundamente. Un brazo colgaba fuera del sillón y tenía las piernas una sobre otra. Su cabeza, inclinándose, indicaba un sueño tranquilo. Entonces me pregunté: "¿Quién será?". Y cuando puse la mano en su hombro..., el sillón estaba ya vacío. No vi a nadie.
¡Qué sobresalto! ¡Misericordia!
Retrocedí, como si un peligro espantoso me amenazara.
Luego, dando media vuelta en redondo, cercioreme de que tampoco había nadie a mi espalda. Un ansia irresistible me arrastró hacia el sillón vacío. Y estuve en pie, angustioso, jadeante, horrorizado, a punto de caer al suelo, desvanecido.
Pero soy hombre sereno y pronto recobré mi sangre fría. Me dije: "Acabo de padecer una desagradable alucinación. Todo se reduce a eso". Y reflexioné inmediatamente acerca de semejante fenómeno. El pensamiento vuela en tales circunstancias.
Que todo fue alucinación, era seguro. Pero mi espíritu no se había turbado, mi juicio funcionaba mientras sufría natural y lógicamente; luego no hubo desarreglo cerebral. Solamente se habían engañado mis ojos, y su engaño fue origen del error mental. Habían padecido los ojos un extravío, una de las aberraciones visuales que parecen milagrosas a las gentes incultas. Era un poco de congestión, acaso.
Encendí la bujía, y al acercar la mano al fuego, sacudiola un temblor, y me incorporé rápidamente, como si alguien me hubiera tocado por la espalda.
Sentía inquietud...
Anduve de una parte a otra, diciendo algunas frases, para oírme; canté a media voz.
Luego cerré la puerta con llave, y esto me tranquilizó algo. Nadie podía entrar por sorpresa. Sentado, reflexioné las circunstancias de mi aventura; después me fui a la cama y apagué la luz. Al principio nada hubo de particular. Estuve tumbado tranquilamente. Luego sentí ansia de mirar en torno y me apoyé sobre un costado.
En la chimenea sólo había ya dos o tres brasas; lo suficiente para permitirme ver con sus difusos reflejos las patas del sillón, y me pareció que había vuelto a sentarse un hombre.
Encendí una cerilla con rapidez. Me había equivocado. No vi a nadie.
Sin embargo, me levanté, arrastrando el sillón hasta la cabecera de mi cama.
Volviendo a quedarme a oscuras, procuré descansar. Acababa de dormirme cuando se me apareció, en sueños, pero tan claro como si lo viera en realidad, el hombre sentado junto a la chimenea. Despertando con angustia, encendí la luz, y me quedé sentado en la cama sin atreverme a cerrar los ojos.
Dos veces me venció el sueño, a mi pesar; dos veces el fenómeno se reprodujo. Creí volverme loco.
Al amanecer, la claridad me tranquilizó y dormí sosegado hasta el mediodía.
Todo había concluido. Fue una fiebre, una pesadilla, ¿quién sabe? Sin duda estuve algo enfermo. Sólo sentí al despertar mi cerebro atontado.
Pasé alegremente aquel día; comí en el restaurante; fui al teatro; luego, me dispuse a retirarme. Pero, camino de mi casa, una inquietud angustiosa me sobrecogió. Temí encontrarlo; no porque me infundiera miedo verlo, no porque imaginara real su presencia; temía sentir de nuevo el extravío de mis ojos, mi alucinación, miedo al espanto sin causa.
Durante más de una hora estuve arriba y abajo por mi calle hasta que, juzgando imbécil mi temor, entré al fin en casa. Iba temblando hasta el punto de que me fue difícil subir la escalera. Estuve diez minutos en el descansillo, hasta que tuve un momento de serenidad y abrí. Entré con una bujía en la mano, di un puntapié a la puerta de mi alcoba, y mirando ansiosamente hacia la chimenea, no vi a nadie.
-¡Ah!...
¡Qué gusto! ¡Qué alegría! ¡Qué fortuna! Iba de un lado a otro, decidido; pero no estaba satisfecho; de pronto, volvía la cabeza, sobresaltado; cualquier sombra me hacía temer.
Dormí poco y mal, despertándome con frecuencia ruidos imaginarios. Pero no lo vi; no apareció. Desde aquel día, todas las noches el miedo me acosa. Lo adivino cerca de mí, detrás de mí. No se presenta, pero me hace temer. Y ¿por qué temo, si no ignoro que fue alucinación, que no existe, qué no es nada?
Sin embargo, temo, y me obsesiono. "Un brazo colgaba fuera del sillón y tenía las piernas una sobre otra". ¡Basta! ¡Basta! ¡Es insufrible! ¡No quiero pensar y no se aparta de mi pensamiento!
¿Qué significa esa obsesión? ¿Por qué persiste? ¡Veo sus pies junto al fuego!
Me acobardo; es una locura; pero el caso es que me acobardo. ¿Quién es? ¡Ya sé que no existe, que no es nadie! Sólo existe como imagen de mi angustia, de mi desasosiego, de mis temores. ¡Basta, basta!
Sí; por mucho que razono, por más que me lo explico, no puedo estar solo en mi casa. Él no se aparece, pero me domina. No vuelve. Todo acabó. Pero sufro como si volviera. Invisible para mis ojos, ahora se clava en mi pensamiento. Lo adivino detrás de las puertas, dentro del armario, debajo de la cama, en todos los rincones, en cada sombra, entre la oscuridad... Si me acerco a la puerta, si abro el armario, si miro debajo de la cama, si aproximo una luz a los rincones, huye con la oscuridad: nunca se presenta. Quedo convencido, no se presenta, no existe, y, sin embargo, me obsesiona.
Es imbécil y horrible. ¡Qué puedo hacer? ¡Nada!
Si alguien estuviera conmigo, él no me turbaría. Turba mi soledad; le temo, porque la soledad me acongoja.

El rojo Salvador


Creo que no podía comenzar de otra manera. Escribiendo sobre Salvador Allende. Aquel Presidente de Chile entre los años 1970 y 1973. Médico de vocación, altruista y revolucionario pacifista. Proveniente de una familia roja que nunca destiñó, como le gustaba decir siempre, y que el zapatero anarquista, Juan Demarchi, le fue reforzando cada vez que Salvador iba a su negocio.
En la película dirigida por Patricio Guzmán, llamada, simplemente: “SALVADOR ALLENDE”, se retrata su complicada vida y el esfuerzo para llegara a ser presidente de Chile. Pero lo que más rescato de la película es la manera en que está narrada: con simpleza y sin saltos temporales que pudieran confundir, y también con una gravitante pasión: pasión por su vida, y también pasión por la obra de Allende. El comienzo es formidable: El narrador (el mismo director), con una tímida voz en off, comienza a descascarar una pared donde todavía estaba (o se escondió de la violencia posterior a la muerte de Allende) un mural pintado para la campaña para presidente. Esa escena marca y muestra el camio de toda la película, nos dice: de esta mamnera te voy a contar de ahora en adelante, voy a sacar las capas y capas con que la memoria de uestro pueblo fue tapando las cosas. Pero ha otro momento importante, y es cuando el poeta Gonzalo Millan, recita una bellísima poesía dedicada a Salvador Allende. Esa poesía bellísima, agita el aire de manera notable, y que se la transcribo para que la disfruten.


El río invierte el curso de su corriente.

El agua de las cascadas sube.

La gente empieza a caminar retrocediendo.

Los caballos caminan hacia atrás.

Los militares deshacen lo desfilado.

Las balas salen de las carnes.

Las balas entran en los cañones.

Los oficiales enfundan sus pistolas.

La corriente penetra por los enchufes.

Los torturados dejan de agitarse.

Los torturados cierran sus bocas.

Los campos de concentración se vacían.

Aparecen los desaparecidos.

Los muertos salen de sus tumbas.

Los aviones vuelan hacia atrás.

Los rockets suben hacia los aviones.

Allende dispara.

Las llamas se apagan.

Se saca el casco.

La Moneda se reconstituye integra.

Su cráneo se recompone.

Sale a un balcón.

Allende retrocede hasta Tomás Moro.

Los detenidos salen de espaldas de los estadios.

11 de Septiembre.

Las fuerzas armadas respetan la constitución.

Los militares vuelven a sus cuarteles.

Renace Neruda.

Víctor Jara toca la guitarra. Canta.

Los obreros desfilan cantando

!Venceremos! !Venceremos!
En esta dirección pueden ver la poesía recitada por Millan. Una delicia: http://www.youtube.com/watch?v=grDj5SgICcM