Una negrita haciendo señas (cuento de Dalton Trevisan - trad. Matías Aldaz)

Seis y media de la tarde, en la ruta. Pantalón azul fuerte y pulóver rojo.
—¿Me lleva, joven?
Le gustó ser llamado joven. Ella sonrió: ningún incisivo superior.
—Subí.
Sandalia vieja de cuero. Sin cartera.
—¿De vuelta del trabajo?
—Estoy de levante.
—No me diga. ¿Hacés eso todos los días?
—Cuando no llueve.
—¿Desde hace mucho tiempo?
—Hace un año. Una rubia me trajo. Ella también levanta.
—¿Quién fue el primero?
—Mi novio. Quería saber si era señorita.
—¿Quedaste embarazada?
—Tuve un nene. Casi un añito. Con lluvia o sin lluvia, son dos cajas de leche por día.
—¿Tus padres saben?
—Piensan que trabajo de empleada doméstica.
—¿Cómo levantás?
—Hago señas. Hasta que alguien para. A veces queda como cliente.
—¿A dónde van? ¿A alguna casa?
—Qué casa. En el camino. En el matorral.
—¿Vos hacés todo?
—Lo normal.
—¿Sentís algún placer?
—Difícil. Ellos siempre están apurados.
—¿Cuánto cobrás?
—Cinco pesos.
—¿Hoy fue bueno?
—Hoy no gané nada. Hay días buenos. Depende de la suerte.
—¿Cuál es el peor día?
—Cuando llueve. O mucho frío. Y prendo un fueguito debajo del puente.
—¿Y la peor hora?
—La del almuerzo. En ese momento no paran.
—¿Vos almorzás?
—Yo, no.
—¿Cómo venís?
—Tempranito salimos de casa, yo y la rubia. Andamos por un largo trecho. Miedo de mis padres. Ahí empezamos pidiendo que nos lleven. De repente uno para.
—¿Y la vuelta?
—Cuesta más. Todavía si hay amenaza lluvia.
—¿Ya dormiste en la ruta?
—Un par de veces.
—¿Cuando amanece lloviendo?
—No venimos.
—¿Cuál fue el mejor día?
—El día que enganché siete.
—Ya tengo vista en la ruta ese pantalón azul.
—¿De dónde es usted?
—Estoy de paso. ¿Hay muchas como vos?
—Una en cada curva. Mucha nenitas. De trece y catorce años. Pero parecen mayores.
—¿Dónde?
—En el matorral. Escondidas.
—¿No quedan embarazadas?
—Son bobas como yo.
—Esos dientes. ¿Qué te pasó? Tan joven.
—Dolía el del medio. Bien acá en el frente.
—¿Quién te atendió?
—El dentista del gobierno.
—¿Por qué te sacó los otros?
—Yo le dije: “Duele acá”. Y él: Ya viste, por desgranar choclo. Y ahí arrancó los cuatro.
—Llegamos. Acá bajás.
—Hasta cualquier día, joven.
La sonrisa pura de esa gran fiesta de vivir.





La teoría del lugar vacío para estacionar

Cinco de la tarde. Una calle cualquiera de la Capital federal.
—Má, ¿por qué Uma no cree en Dios? —pregunta el nene de delantal blanco que camina al lado de la mamá.
—Por que no cree, nomás, Félix.
—Pero, ¿por qué? Decime.
—Capaz porque Uma debe ser un poco desconfiada, nada más.
—¿Cómo desconfiada, má?
—Y porque no confía en lo que le dice la mamá, y capaz que necesita más pruebas para creer en algo. Eso.
—¿Pruebas? ¿Pruebas de qué?
—A ver, por ejemplo, ¿ves este lugar vacío?
Un viejo auto blanco y otro verde agua, a seis metros de distancia. En el medio, como para poder estacionar, un lugar vacío cualquiera de la Capital Federal.
—Sí, má, ¿qué pasa con ese lugar?
—Bueno, si yo te digo que ahí hay un auto, ¿vos me creerías?
—Sí, má, si vos me lo decís, yo te creo. En ese lugar vacío hay un auto —repite Félix.
—Bueno, si la madre de Uma le dijera lo mismo, ahora, acá, Uma no le creería, porque es desconfiada.
—¿No?
—No, y tampoco le creería aunque la madre le dijera que ese auto chocó a una persona y la lastimó mucho.
—¿Pero cómo no le va a creer eso, má?
—No, y tampoco si la madre le mostrara a la persona lastimada y esa persona le dijera a Uma: ése fue el auto que me chocó. Creo que Uma seguiría necesitando más pruebas.
—¿Más todavía?
—Sí. Y estoy segura que aunque la madre le trajera a doce personas que aseguraran haber visto el accidente, Uma, ni así, capaz, le creería. ¿me entendés, Félix?
—Pero qué desconfiada que es esta Uma, ¿no, má?.
—Sí, se ve que sí, Félix.
—Debería creerle más a la madre así cree en Dios, ¿no, má?
La madre le acaricia el pelo y le sonríe en silencio.
—Sí, como me creés vos, Felixito.
Félix salta de contento. Caminan hacia la esquina.
Antes de doblar Félix le dice a la madre, sin dejar de saltar, que esta noche quiere que le cocine zapallitos rellenos. La madre le dice que sí sin mirarlo y lo abraza. Félix deja de saltar. Se deja abrazar. Y cierra los ojos.

D'accord



I
Tres de la tarde. Barrio de casas altas. Vereda donde no da el sol.
—¿Por qué siempre veo animales muertos con vos?
—¿Animales muertos?
—Sí, vimos esa paloma recién, y la semana pasada la rata esa que parecía un perrito, que estaba aplastada en el cordón de la vereda.
—Bueno, esta ciudad está llena de esos animales. Son nuestros animales típicos, de los que se ven y de los que no se ven. Y los animales típicos se mueren, los que se ven y los que no se ven.
—Sí, lo sé, pero lo que pasa es que siempre los veo con vos. Cuando camino sola nunca me pasa.
—Quizá sea porque yo siempre estoy atento al suelo. Así también encuentro plata muchas veces.
—Yo también estoy atenta, y también encontré plata varias veces. ¿Te acordás esa vez que encontré cincuenta pesos?
—Sí, me acuerdo bien. Nos salió gratis la comida china y el vino.
—Sí, esa. Pero lo que te quiero decir es que cuando camino sola jamás encuentro animales muertos.
—¿Y encontraste plata caminando sola alguna vez? Y acá, no allá.
—No, creo que no. Pero…
—Bueno. Un poco y un poco te doy. Los animales muertos serían el lado de adentro del suéter, con todos los hilos colgando, los colores invertidos y…
—Prefiero no encontrar animales muertos.
—Bueno, tampoco es para tanto. ¿No creés? Sólo fueron dos. Y además, creo que quizá tenés esa sensación porque fueron muy seguidos. Porque, ¿lo de la rata cuando fue?
—El viernes.
—¿El viernes?
—Sí, fue el viernes a la tarde, cuando volvíamos de comprar facturas.
—Viste, por eso. Hoy es lunes. Pasó muy poco tiempo.
—¿Vos creés que es sólo por el tiempo que pasó entre uno y el otro?
—Sí, exacto. Si a la rata la hubiésemos visto el mes pasado, no me estarías diciendo esto. Ni te acordarías. Es sólo un problema de memoria.
—No creo. Te lo estaría diciendo igual. Porque desde que vine acá, hace casi un año, es la primera vez que vi a animales muertos...
—Que veo.
—Perdón, que veo a animales muertos en la calle.
—Bueno, ahora ya estás exagerando.
—En serio, te lo juro.
—El serio no te sale muy bien tampoco. Debe ser porque no arrastrás un poquito la erre, y además porque la i te sale casi como una e.
—Ay, siempre corrigiéndome. Vos sos el único que me decís eso, todos me dicen que hablo muy bien el español.
—Castellano. Y castellano rioplatense, para ser más preciso. Salvo que quieras hablar ese español de España insulso.
—Está bien, castellano rioplatense. Pero lo hablo bien… todo me lo dicen.
—Sí, lo hablás perfecto, ya te lo dije. Y mejor que muchos argentinos que conozco. Pero me dijiste que te corrigiera para ayudarte.
—Sí, pero… quizás no cuando estamos hablando de algo serio.
—¿Esto es algo serio?
—Sí, es algo serio ver animales muertos en la calle cuando salgo con vos.
—Y, quizás… Quizás tenés que salir más sola.
—Sí, voy a tener que empezar a salir más sin vos, entonces.
—Y a mirar más el suelo.
—Y a mirar más el suelo, claro.
—Qué viento que hay, ¿no?
—Sí, es terrible. ¿Comemos algo? Porque yo ya tengo mucha hambre.
—Dale. Vamos a El bochín, que está acá nomás.


II
Siete de la tarde. Cama.
—¿Dormí algo?
—Sí.
—¿Cuánto?
—Como una hora y media, más o menos.
—¿Tanto? Ni cuenta me di. ¿Y vos dormiste?
—No.
—¿No?
—No, ni un poquito.
—¿Y qué hiciste mientras yo dormía?
—Nada.
—¿Nada?
—No, nada. Sólo te dejé que duermas.
—Que durmieras.
—Ah, que durmieras, perdón.
—¿Y no te aburriste?
—No. No es aburrido verte dormir.
—¿No?
—No, es hasta más divertido.
—Más divertido que cuando estoy despierto, ¿no?
—Yo no dije eso. Es más divertido que hacer otra cosa, como leer, por ejemplo.
—Depende qué leés. Si leés a Florencia Bonelli, te creo.
—Qué tenés contra Florencia Bonelli. Es la escritora argentina que más me gusta. A las mujeres nos encanta.
—Puedo entender que haya literatura para niños, porque quizá la temática superficial debería ser diferente. Ya no lo acepto tanto en la literatura para los adolescentes. Pero que haya literatura para mujeres, casi exclusivamente, eso ya no lo puedo aceptar bajo ningún punto de vista. La literatura es para todos, y es buena o es mala. Y se acabó. ¿Nunca se te ocurrió probar con El gran Gatsby?
—Cuando te ponés intolerante no me gustás nada.
—Me preferís durmiendo, ¿no?
—Sí, la verdad que te prefiero durmiendo.
—Probá con El gran Gatsby, haceme caso.
—Mejor me voy.
—¿Adónde?
—Me voy a pasear sola, a ver si me encuentro con animales muertos en la calle.
—Y si encontrás plata vamos a media.
—Sí, avisame.
—Chau.
—…
—Al menos saludá, che.
—Sí… Chau… Ah, y esta noche no me esperes, duermo en lo de Laura.
—Mandales mis saludos.
—D'accord.

También se muere viviendo

Salgo a caminar por la calle Corrientes. Son las 13.15 del miércoles. Camino desde Callao hacia la 9 de Julio. Una cuadra antes de llegar a la avenida, doblo por la calle Libertad. Camino por una angosta vereda, en la que hay que ir esquivando hombros, casi como bailando el pericón a cielo abierto, pero claro, sin música. Llego a Diagonal Norte (una calle que atraviesa de manera oblicua el centro y el microcentro) y que desde la calle Libertad hasta Carlos Pellegrini es peatonal. Camino y me detengo a mirar la cartelera del cine Arteplex: un cine que está medio disimulado, y que pasa películas no tan comerciales (casi todas europeas), que las grandes cadenas de cine se niegan a exhibir. El sol casi está en el centro del cielo y hay muy poca sombra. Miro los carteles de las películas que se están proyectando esta semana. Las personas pasan detrás mío a toda velocidad; las siento, y también las veo, cómo se reflejan, efímeras y desformadas en el vidrio donde están los carteles. Hay tres películas distintas. Miro las dos primeras casi fugazmente, y me detengo en la última. En él hay un hombre que tiene la mirada perdida en un horizonte que el cartel no muestra. Miro esa fotografía atentamente; hay algo que me atrae en ella. Ingreso al cine de manera impulsiva. A la izquierda hay un kiosco, y detrás del mostrador una chica con la boca abierta, mirando el televisor que está colgado de la pared. A la derecha está la boletería. Me acerco. Encima del vidrio que me separa del que cobra la entrada, hay un tablero de plástico blanco sobre letras negras donde figuran los títulos de las películas, los días y los horarios. Leo: Lejano – 13.20. Miro el reloj: 13.28. Le pregunto al boletero por el hueco del vidrio: ¿Cuánto falta para que comience Lejano? Mira el reloj que tiene en la pared, que está a sus espaldas, y me dice: Empezó hace exactamente tres minutos. Hago que pienso; miro el reloj. Deme una entrada, entonces, le digo. ¿Por dónde entro?, le pregunto. Me señala la puerta que está a mi derecha. Entro. Camino por un pasillo largo, que tiene una leve inclinación y que está iluminado con una luz tenue. Miro mi entrada y leo: sala tres. Le pregunto a una chica que está parada en el medio del salón que comunica a las salas: ¿dónde está la tres? Con una rigidez y el brazo estirado de manera perfecta me señala una cortina negra. Le agradezco y voy casi al trote. La sala está vacía. Apenas un par de señoras paquetísimas, sentadas en los asientos del medio. Me siento casi en la primera butaca que encuentro de manera sigilosa, sin perder de vista la pantalla. La imagen que veo es igual a la del cartel. No la imagen en sí, sino la textura de la imagen, la oscuridad, los colores, la iluminación. Veo a uno de los protagonistas fumando, tirando el humo que se mezcla con la nieve.
La película me atrapa enseguida. Porque Lejano es una silenciosa y poderosa meditación sobre la soledad de un inmigrante y la pérdida de ideales, en un Estambúl nevado. El director turco, Nuri Bilge Ceylan, con un estilo minimalista llega al efecto buscado mediante la acumulación de detalles y la elipsis. Proyecta en su personaje principal a un fotógrafo, que con sus heridas y cicatrices muestra el hundimiento de un individuo afligido por la angustia de la existencia, corrompido por la frustración y el egoísmo.
En un momento del filme, Mahmut (ahora sí lo reconozco, es la persona que está en el cartel) asiste a una reunión de amigos, y afirma delante de sus amigos que la fotografía ha muerto. Pero lo que en realidad está gritando es que quien ha muerto ha sido él, que ha renunciado a sus sueños y ha vendido su técnica para trabajar para una aburrida empresa de cerámicas a las que fotografía sin emoción alguna, recluido en un triste cuarto de su espaciosa e inhabitada vivienda.
Detrás de ese aparente hieratismo, Nuri Bilge Ceylan construye una película de poderosa escritura, donde rebosa la intencionalidad. Planos a veces casi inmóviles desbordan mucha tensión. Una aparente sobriedad monocromática que ofrece numerosos matices. Pocos planos que dicen mucho.
La cuestión de fondo es percibir que Lejano duele en ese personaje sin esperanza, sin proyectos. En ese Estambul blanqueado por la nieve; en ese barco encallado; en una mujer celada; en la multitud de pequeñas mezquindades de ese patético fotógrafo prepotente y maniático que es incapaz de ser generoso con quien le está pidiendo ayuda. Por todo eso y por mucho más, Lejano parece hablar desde las sinuosidades más profundas del propio director, al mismo tiempo que relata la intranquilidad de un mundo que huye hacia ningún lado.
Salgo del cine y me detengo de nuevo a mirar el cartel de la película. Ahora sé hacia dónde mira el tipo que está en la foto.


Para vivir un gran amor

Estoy sentado en un banco de madera en la Estación Callao. Espero el subte que tarda en llegar. Aprovecho ese tiempo y saco de la mochila el libro Para vivir un gran amor, de Vinicius de Moraes, que hace media hora compré en una librería de la calle Corrientes. Comienzo a leer.

Llega el subte. Subo. Me paro frente a la fila de asientos que está inmediatamente a mi izquierda. Están sentados un nene de no más de cuatro años y una persona que parece ser su padre. Están comiendo maníes de una bolsa. Primero los pelan y luego devuelven las cáscaras a esa misma bolsa. Hasta que de repente, se oye un grito alarmante: “Viviana, por favor, no me te vayas”. El grito proviene de un hombre que está justo detrás mío y se lo dice a una mujer que mira desde unos metros más allá, casi donde termina el vagón. Yo, en ese momento, ya había dejado de leer el libro, pero sin cerrarlo. “No me te vayas… era un mensaje de una amiga. Me estaba haciendo una bromita”, gritó nuevamente el hombre. Me di vuelta y le miré la cara. El hombre era alto, con una barba de tres días y despeinado. “No te creo nada, siempre me decís lo mismo”, le contesta con un grito la mujer que está más allá, y que tiene los ojos visiblemente llorosos. Dejo de mirarlos a los dos y enseguida vuelvo la mirada sobre el libro de Vinicius de Moraes. Pero cuando estoy por comenzar a leer el poema que le da nombre al libro, me distrae el nene que está con el padre, y que ya ha dejado de comer maníes. Está con la boca abierta y con la cara llena de asombro, sorprendidísimo. Con esa cara mira al hombre que le suplica a la mujer; después mira a su padre, como pidiéndolo una explicación de lo que está aconteciendo. Enseguida lo miro al padre del nene, para ver qué le dice. Pero nada, se hace o está distraído, mirando exactamente para el otro lado. “Pero Viviana, ¿dónde voy a dormir esta noche, en la casita de los perritos?”, cuando termina de gritar eso, el hombre se da vuelta hacia donde estoy yo y dice: “No hay manera de convencerla, eh”. Yo me río sin decirle nada, y vuelvo al libro, avergonzado. Pero el nene ha comenzado a reírse a las carcajadas apenas termina de escuchar lo de los perritos. Pero enseguida se detiene, percibiendo la seriedad de la situación. Lo que no cambia es la cara, que irradia una sorpresa apabullante; con la boca abierta, inmóvil. El padre seguía mirando hacia cualquier lado, menos a su hijo. “Pero vos viste como es Mir… era una joda, y además estaba hablando de ir a tomar un helado, nada más”, vuelve a gritar el hombre. “Mirá, la verdad es que no quiero verte nunca más en mi vida… nunca más”, le contesta la mujer. Y siguen discutiendo; y que esto y que aquello. Pasan tres paradas y el nene no los deja de mirar, con la sorpresa intacta. Y yo no saco la mirada de ese pequeño, que es, en ese momento, lo que quizás el arte siempre pretende cuando se moviliza hacia nosotros. Quiere dejarnos absortos, que seamos cómplices, ingenuos o no tanto, de lo que nos está mostrando; que nos metamos en ese personaje, en aquella historia; que escuchemos esa música y que ella pueda erizarnos la piel; que observemos esa pintura que nos plantea un mundo diferente al que estamos acostumbrados y que sin miramientos lo creamos posible. Por eso creo que ese nene es el público perfecto para ese grupo de teatro ambulante que todos los días deambula por los subtes de la Capital Federal. Y estoy seguro que si los actores vieran su cara, su sonrisa, ya estarían satisfechos.
Enseguida el vagón comienza a frenar. Una voz me anuncia que hemos llegado a la Estación Medrano. Salgo y me freno para leer las dos primeras estrofas del poema Para vivir un gran amor. Leo:

Para vivir un gran amor se necesita

mucha concentración y mucho tino,

mucha seriedad y poca risa...

para vivir un gran amor.


Para vivir un gran amor es menester

ser hombre de una sola mujer;

pues serlo de muchas, pucha!,

es cosa fácil... no tiene ningún mérito.


Cierro el libro y salgo del subte. El sol me acaricia la cara. Vuelvo a abrir el libro. Enseguida termino de leer el poema.

El verdadero visitante

Un hombre enviuda. Y se queda solo.
Ese hombre se llama Walter y tiene aproximadamente 60 años. Es estadounidense, de clase media alta, profesor universitario y con una vida monótona y sin expectativas. Para intentar distraer esa angustia por la pérdida, toca el mismo piano que su mujer dominaba a la perfección, pero al que él apenas puede robarle algunos pobres acordes.
Walter vive en Connecticut.
Un día, el rector de la universidad donde Walter da clases, le pide que viaje a Nueva York a exponer un trabajo de investigación que había realizado con un colega. Él acepta de mala gana. Viaja. Walter piensa quedarse, mientras persista su estadía en Nueva York, en el departamento que posee en esa ciudad.
El primer inconveniente se suscita ni bien llega. En la tina del baño encuentra bañándose a una mujer de tez negra. Walter se asusta. Ella también. El clima se tensa aún más cuando llega el novio de ella: un sirio llamado Tarek. La situación es confusa durante unos segundos hasta que por fin se aclara. Walter es el dueño del departamento y ellos (la mujer llamada Zainab, que es de Senegal, y su novio, Tarek), las víctimas de una estafa inmobiliaria. Ese encuentro le cambia radicalmente la vida a Walter, y también a Zainab y a Tarek.
Pareciera ser que sólo se trata de una confusión. Pero no, no es sólo eso. Ese encuentro implica un choque de culturas. Y de ese particular choque, y como pasa en cualquier choque más o menos violento, vuelan, enloquecidas, por el aire, partículas que se dispersan por todos lados. Esas partículas se van mezclando y mezclando hasta llegar a confundirse entre ellas, igualándose, descubriéndose nuevas, matizadas, transformadas.
Entonces, Walter comienza a socavar su dolor gracias a esos inmigrantes ilegales que inocentemente habían subalquilado. Los deja que vivan en su departamento. Y fundan entres los tres, los nexos vinculantes entre esas culturas: producido a través de la música, que caracteriza las canciones árabes. Se transmiten sus emociones y sensaciones mediante el rítmico repiquetear de los tambores que Tarek enseña a tocar a Walter.
Pero se produce el segundo inconveniente.
Tarek es detenido por inmigrante ilegal. (¡Por Dios, un árabe indocumentado en los Estados Unidos post 11-9!) A partir de ese momento Walter termina de cambiar la concepción que tiene sobre el mundo. Se topa con la dureza e impermeabilidad burocrática que impera en su propio país contra los inmigrantes. Comienza a ver un país que él no quiso (o no pudo) ver. Al final, Tarek es deportado, Zainab se muda y Mouna (la madre de Tarek, que aparece a la mitad de la película y que había viajado desde el centro de Estados Unidos para visitar a su hijo) vuelve a Siria para acompañarlo.
De esa manera, ya nada será igual para Walter. Esos descubrimientos (amistad, amor, su verdadero país y esa otra cultura) le dejarán huellas que ni el tiempo ni la distancia podrán borrar.
Esa es la historia de Walter. También la de Zainab y Tarek.
Y esa es la historia que fui a ver hace unos años al cine. Ustedes me dirán: ¡me contó toda la película! Sí, puede ser. Pero seguro que eso no es lo más importante. Porque lo que importa es la manera que está narrada y los sentimientos que trasmiten los personajes guionados y dirigidos por Tom McCarthy. Para dar un ejemplo: esos sentimientos trasmitidos por Walter, le valieron a Richard Jenkins (un eterno actor de reparto en películas como Las locuras de Dick y Jane, El hombre que nunca estuvo, Un diván en Nueva York, Lobo, Peligrosa obsesión, Las brujas de Eastwick, Silverado) la nominación al Oscar como Mejor Actor.
Pero hay un error, sí. Y tiene que ver con el título original de la película. Su nombre real es The Visitor, pero la distribución Argentina le asignó otro: Visita inesperada. Dándole otra interpretación a la película: haciéndonos pensar que la visita inesperada es la del sirio y la senegalesa. Pero lo cierto es que el título debería haber sido El visitante. Puesto que la película no deja dudas en cuanto a quién es el visitante: el que visita al país que nunca vio, a la amistad, al amor y a una vida con otro matiz.
El visitante es el viudo, el que estaba solo.
El verdadero visitante es Walter.




Golpes de efecto


UNO Explotó seiscientos metros antes de llegar al piso. Eran las 8.16 de la mañana del 6 de agosto de 1945. Ese mismo día, una hora antes, un radar japonés había detectado a tres aviones estadounidenses sobrevolando a gran altura. Pero creyeron que era una misión de reconocimiento y suspendieron la alerta de bombardeo.
Con el nombre “Little boy” había sido bautizada la bomba. Era atómica, tenía una potencia de unos 13 kilotones (un kilotón equivale a 1.000 toneladas de TNT). El bombardero B-29 llamado Enola Gay fue el que la lanzó, y un intenso calor vaporizó a las personas (la temperatura del núcleo es de 50 millones de grados), provocando una bola de fuego que arrasó la ciudad. Murieron 90.000 personas al instante y otras 50.000 antes de terminar ese mismo año; el 90% de los edificios fueron destruidos. Hasta finales de los ’80, o sea, más de 40 años después, miles de personas siguieron muriendo a de causa de la radiación.
Lanzar esa bomba fue una decisión del presidente de los E.E.U.U., Harry Truman. Alemania ya se había rendido en mayo de 1945, pero Japón, según su versión, se negaba a hacerlo. La idea inicial era provocar numerosas bajas militares y civiles, y una enorme destrucción. Hiroshima había sido la primera ciudad elegida por sus grandes instalaciones militares e industriales, pero ninguna de éstas fueron alcanzadas en el ataque. Robert Lewis, copiloto del avión que lanzó la bomba dijo al ver el inmenso y tristemente célebre hongo alargándose hacia el cielo: “Dios mío, ¿qué hemos hecho?”. Pero años después le comentó al periodista Gordon Thomas: "Sólo fue otro trabajo más. Hicimos de este mundo un lugar más seguro. Desde entonces nadie ha osado lanzar otra bomba. Desearía ser recordado como el hombre que contribuyó a hacerlo posible". Lewis falleció el 18 de junio de 1983, condecorado.
Tres días después del ataque a Hiroshima, bombardearon Nagasaki. Las consecuencias fueron similares.

DOS Tres años atrás abría el Clarín y leía que el presidente de facto de Honduras, Roberto Micheletti había dicho en una entrevista exclusiva a un diario: “Sacamos a Zelaya porque se fue a la izquierda, puso a comunistas”. También había dicho, y en un rapto de sensibilidad y de reconocer deslices, que su “único error” había sido echarlo como lo echaron: militares (que también había dicho Micheletti: “defienden la democracia y son un orgullo”) fueron de madrugada a la residencia presidencial y lo sacaron en pijamas. Micheletti dijo luego que no era un golpista, que el Pueblo pedía que se lo saque y que él se hizo cargo de esa petición. Por eso suspendió las garantías constitucionales, como la libertad personal, la libertad de asociación y de reunión. Demócrata, si hay alguno sobre la tierra, ése es el señor Micheletti.

TRES “A mí qué me importa Honduras”, dijo aquella vez la señora, sentada en una mesa paquetísima, rodeada de cámaras que se movían y evitaban hacerle planos desfavorables. Después de escuchar esa frase, ninguno de sus invitados de turno le señaló nada.
Lo que dijo aquella vez no fue menor, sabemos del alcance de sus palabras, en este mundo globalizado. Y digo que no es menos porque Honduras salió casi al mismo tiempo que este país de la dictadura. Y aunque aquello pasó hace apenas tres décadas, en televisión y para algunas personas, parece "de otro siglo", y es algo sobre lo que resulta aburrido hablar.
Recuerdo esas palabras dichas por esa señora y no puedo evitar imaginármela sesenta y siete años atrás, en el patio trasero de su casa, a la mañana, antes de tomar el primer mate dulce cebado por su hermana melliza, diciéndole: “A mí que me importa Japón”.
Luego succionará. Después, le preguntará a esa misma hermana: “¿Me queda bien este aro?”.

CUATRO El tiempo sigue pasando, y la Historia, cíclica como es, se sigue repitiendo. Quizás habrá lamentablemente otros Hiroshima y Nagasaki, con diferentes nombres: de ciudades, de bombas, de presidentes.
Y a la señora que almorzaba en televisión seguirá sin importarle lo que pasa lejos de su esfera personal. Y Micheletti seguirá diciendo el resto de sus días que nunca fue un golpista, y que siempre respetó la democracia.

La felicidad



Son las nueve de la noche. Es jueves y hace frío en Buenos Aires. Camino por la calle Corrientes hasta el cine Lorca. Cuando llego, me paro frente a la cartelera como para elegir qué voy a ver (hay dos películas esta semana). Pero eso de elegir, en realidad, no es verdad, estoy fingiendo, porque internamente lo sé muy bien. De todas maneras observo los carteles, que pegados en esas enormes puertas de vidrio del cine, lucen más lindos que en cualquier otro lugar. Entro. Hola, una entrada para El invitado, por favor, le digo al hombre de la boletería. Doce pesos, me dice, conciso, mirando hacia fuera. Antes que les dé esos doce pesos ya me entrega la entrada. La agarro, me doy vuelta y advierto que en el pequeño hall del cine no hay nadie, apenas está el que corta las entradas, parado frente a una alta urna de madera que la usa para apoyar las manos. Lo miro y voy directo hacia él. Dos metros antes de llegar ya me extiende el brazo izquierdo. Toma la entrada y como en un pase de magia, rápido y con una precisión envidiable, la corta con una sola mano. Levanto la vista y lo miro, asombrado. Le ofrezco una sonrisa en agradecimiento. Pero él me mira serio, y enseguida agacha la cabeza. Ingreso a la sala, y, apenas estoy adentro, caigo en la cuenta que soy la única persona. En algún punto esto me da felicidad; porque pienso que voy a poder elegir la butaca que quiera. (Más adelante, más atrás, al costado, al medio… donde quiera.) Pero al dar un par de pasos más por el desolado pasillo, y viendo la inmensidad de la sala, vacía, me asalta otra sensación, que no es justamente de felicidad. Es extraña, rayana a la tristeza, pienso, y dudo. Pero no, enseguida la confirmo, es tristeza, pura. Y no es extraña como había pensado al principio, porque es la misma sensación que tuve hace algunos años, aquella noche en que mi papá decidió cerrar el cine para siempre. Aquella noche de nuevo no había ido nadie a ver la función que él había programado con más de dos semanas de anticipación. Lo recuerdo a ese día como si fuera hoy. Lo recuerdo a papá sentado, solo, en la boletería, con el peinado brilloso por la gomina. De traje marrón, con el talonario de entradas entero en su mano izquierda, y el sello ya entintado con la fecha del día en su mano derecha. Lo recuerdo a papá esperando ver entrar a alguien en el hall de azulejos verdes y encerados, de techo circular e imponente. Lo recuerdo mirando el reloj a cada ratito, como queriendo que los minutos duraran mucho más de lo que duran, que se estirase el tiempo en tomar esa decisión que más tarde finalmente tomaría. Lo recuerdo salir de la boletería diciendo que se apagara rápido el cartel CINE OPERA, que titilaba rojo y azul, y que reflejaba en la vereda vacía de ese jueves. De aquel jueves de estreno, en que no entró nadie -ni siquiera esas dos personas por las cuales a veces mi papá justificaba la función-, lo recuerdo todo, hasta las mismísimas palabras que usó para darle fin a esa aventura de toda su vida, esa aventura de ser el dueño del cine de la ciudad, de pasar películas. El domingo que viene es el último día de función, vamos a cerrar, dijo al aire, sin pretender que nadie lo escuchase, como si se lo estuviera diciéndoselo a él mismo, para auto-convencerse de la determinación que había tomado. Pero sí que lo escucharon; yo al menos lo escuché, y lo recuerdo hasta hoy, y quizá lo haga toda mi vida.

Me interrumpen ese pensamiento la música francesa con la que comienza la película y la aparición en escena del actor Daniel Auteuil. Y la felicidad, vuelve. La felicidad que me da estar sentado en una butaca de cine, ante una inmensa pantalla en la que todo un mundo se puede ver. Vuelve la felicidad de disfrutar de una función, de una película. La felicidad de estar dentro de un cine.


Si Francisco viviera

Martes a la noche. Estoy acostado leyendo el diario. Leo: la Corte Suprema de EE.UU. avaló el derecho de portar armas, alegando que está garantizado por la Constitución y que no puede ser limitado en nombre de la seguridad pública. Pienso: eso significaría que a pesar de las masacres que han tenido lugar en sus escuelas y universidades, y a pesar de la enorme cantidad de personas que mueren por año debido a accidentes con armas, la Corte Suprema de EE.UU., cree que lo más importante es la libertad individual de poder acceder y poseerlas. Dejo de leer. Cierro el diario. Pero sigo pensando en esa noticia. Pienso en la palabra Arma. También pienso en su consecuencia inmediata y perfecta: Muerte. Y recuerdo el primer encontronazo con ellas. Fue en la escuela primaria, en el antiguo patio del Instituto Niño Jesús. Estábamos en el recreo jugando a la cafúa. En ese momento se acercó alguien corriendo y nos dio una fatal noticia: un compañero que iba a nuestro mismo grado, pero a la mañana, había muerto. ¿Pero quién es?, le preguntamos. Francisco, el que fue con ustedes hasta el año pasado, nos respondió. Creo que nadie lloró en ese momento, talvez porque ninguno de nosotros tenía la real dimensión de la muerte, de lo que significaba morir, de que a Francisco no lo íbamos a ver nunca más.
Después de recibir aquella noticia, vinieron las preguntas: “¿Qué le pasó?” “¿Cómo fue?”. También vinieron las repuestas. Francisco había estado jugando en la casa de un compañerito, mientras sus padres no estaban. Pero en el juego, el juguete central era un arma, de verdad, de las que matan, y esa arma se disparó, y ese disparo mató a Francisco.  
Recuerdo que lo velaron en el mismo Instituto Niño Jesús, en una sala grande y alargada, que estaba (ahora creo que ya no existe más) al costado derecho, apenas al entrar. Estaba llenísimo de gente. Todos llorando y, seguramente, para muchos de ellos eran sus primeras lágrimas. Yo también lloraba, sentado en el patio, sin hablar con nadie. Hasta que lo vi, era el papa de Francisco, que venía caminando hacia el lugar donde estaba yo. Lo miré. Él también me miró. No nos buscamos, pero en un momento nos encontramos abrazados, fuertemente. Me soltó y siguió su camino. Nunca voy a olvidar aquel abrazo, fue aliviador para mí.
Porque yo era muy compañero de Francisco. No sé si se puede decir que era amigo, éramos muy chicos todavía y cuando uno es chico aún quizá no tiene incorporado esos valores, que después, de grande, son fundamentales para vivir. Quizá con Francisco éramos amigos sin saberlo, sin saber el verdadero significado de la palabra. Pero por aquel tiempo, cuando ocurrió su muerte, nos habíamos dejado de ver, su cambio al turno mañana había sido determinante. Sólo nos veíamos en las fechas patrias, donde todas las divisiones nos juntábamos para desfilar. En uno de esos desfiles me reencontré con Francisco, en el patio de abajo del colegio. Él, lo recuerdo como si fuera hoy, tenía un pulóver azul, escote en V, con rombos en la parte de adelante. Nos quedamos charlando hasta que en un momento lo llamaron aparte y lo hicieron subir las escaleras por entre medio de todos. Me pregunté qué habría hecho. Ese día no lo vi más; no desfiló. Pero al día siguiente Francisco nos explicó: “No me de dejaron desfilar por mi pulóver, no era liso como el de ustedes. Pero bueno…”.  Así era Francisco, nada lo hacia enojar.
De él también conservo varias fotografías. En una de ella estamos en el aula. La maestra está sacándose una foto conmigo, y él está detrás, en el fondo, levantando la cara, como para poder salir en la foto. Sus ojos saltones y su eterna sonrisa le dan otro aire a esa fotografía, la hace divertida.

Pasaron los años y al padre de Francisco lo seguí viendo, siempre de manera casual: siempre con ese saludo tan amable que a uno le hacia pensar que estaba frente a una de las personas más buenas del mundo. Cada vez que lo veía creía que me observaba más de la cuenta. Y sentía que esa observación estaba vinculada con Francisco, como si viera en mí el crecimiento de él. Pensaba que debía decirse para su interior: “Francisco estaría así de alto ahora”, o “ya le estaría saliendo el bigote de esa manera”, o “ya estaría de novio”. Como si se inventase la vida imaginaria de Francisco conmigo. Creo que todas las veces que lo vi pensé lo mismo. Quizás él nunca lo sintió así, y tal vez fue siempre una ilusión mía. Pero a mí me hacía sentir útil pensar eso, y me hacía sentir mucho más cerca de Francisco.
Ahora que me pongo a escribir esto pienso: si Francisco viviera tendría mi misma edad. Quizá sería abogado igual que yo y, seguramente, yo no estaría escribiendo sobre él y sobre su absurda muerte. Estaría escribiendo sobre lo difícil que es vivir separado de mi familia, acá, en Buenos Aires o de cómo me gustan las pastas.
También me gusta pensar que si Francisco vivera, quizá, en estos momentos, me estaría leyendo.

Latas

Siempre se dijo que en el cine Opera de Paso de los Libres pasaban cosas extrañas. Que se oían ruidos por la noche, que las luces se encendían solas, que los objetos cambiaban de lugar, que al bajar por las oscuras escaleras que nos llevan a la parte de arriba alguien siempre acompañaba, y muchísimas otras cosas más. Y siempre creí lo que se rumoreaba como fundamentos a esos extraños sucesos: que al construir el cine habían fallecido algunos obreros y, que además, anteriormente, en ese mismo lugar, estaba el cementerio de la ciudad. Ahora pienso: cuando uno es chico como era yo en ese momento, es mucho más propenso a creer las cosas que le dicen. Como le creí a Jorge aquella noche.
Jorge trabajaba en el cine cortando las entradas y a veces también pasaba películas (quizá muchos de los que fueron al cine en los años ’80 y principio de los ’90 lo conocieron: era un morocho alto y flaco). Recuerdo que un día se quedó sin casa, sin tener donde dormir. ¿Qué hizo? No tuvo mejor idea que pedirle a papá para que lo dejase dormir en uno de los camarines que estaban al costado del escenario. Mi papá se lo permitió sin dudar. Jorge armó su cama, trajo ropa y se instaló en esa habitación improvisada. Jorge no sabía nada sobre las cosas raras que pasaban en el cine, todavía hacía poco que trabajaba en el cine. Aquella noche me fui a casa pensando en el pobre Jorge. Y al otro día se lo contó a papá y justo yo estaba a su lado. “Don Bocha, no sabe lo que me pasó ayer a la noche”, dijo Jorge con la cara aterrada. Nos contó que apenas se acostó comenzó a oír ruidos extraños, como a golpes de latas. Eso no tenía nada de anormal en el cine, le dijo papá. Era verdad, siempre se oían ese tipo de ruidos debido a los viejos extractores que funcionaban con eterna dificultad. Siguió contando. Contó que al principio esos ruidos se oían cada diez minutos y que después fueron cada vez más frecuentes. “Hasta que no aguanté más… salí y fui a ver qué pasaba”. Nos dijo que lo primero que miró fueron los extractores, pero que las paletas estaban quietas, inmóviles. “Después miré hacia la sala de máquinas, Don Bocha, y la luz estaba prendida, y yo me acuerdo bien que las había apagado”. Nos aseguró que los ruidos venían de la sala de máquina. “Eran las latas de las películas, como si las estuviesen tirando con todo al piso”. Papá lo miraba con desconfianza, aunque él siempre había creído secretamente lo que pasaba en el cine. “Volví a buscar la linterna y subí hasta la sala de máquina para ver quién era... pensé que era alguien que se había quedado escondido después de la función”, dijo Jorge. Yo lo miré pensando que era una de las personas más valientes que había conocido, incluso más que mi papá. “Cuando comencé a subir las escaleras el ruido de las latas paró, pero igual fui hasta allá”. Papá, ansioso, quiso saber enseguida el desenlace de lo que le contaba Jorge. “¿Y quién era el tipo? ¿Lo echaste a la mierda, no?”, le preguntó. Jorge se quedó en silencio, pensando que quizá papá lo iba a tratar de loco por lo que le iba a decir. “No va a creer, Don Bocha, cuando entré a la sala de máquina no había nadie, pero la luz sí estaba prendida y las latas… las latas estaban donde yo las había dejado la noche anterior, pero le juro, alguien estuvo tirándolas al piso y después las acomodó rápido, antes de que yo viniera, se le juro”, dijo mientras hacía una cruz imaginaria con el dedo índice sobre su boca. Papá lo miró y enseguida le dijo: “Jorge, dejate de joder con esas boludeces y andá a barrer el hall… Ah, y no te olvides más de apagar la luz de la sala de máquinas a la noche”. Lo miré a mi padre y le vi en la cara una sonrisa incómoda, nerviosa. Estoy seguro que pensó en ese momento que él jamás se quedaría solo en el cine.
Jorge, al otro día, le comentó alegremente a papá que ya había conseguido un lugar para dormir y que le agradecía haberlo dejado ocupar ese camarín. A mí, desde ese momento, me costó subir a esa sala de máquinas. Porque no iba a ser cosa de que me encontrara con ése que había asustado al pobre Jorge. El que hacía ruido con las latas de las películas y que a la noche siempre se olvidaba la luz prendida.

Dialecto

Creo que fue el primer día. O al menos uno de esos días de clases donde uno se pone nervioso por cualquier cosa. Yo había llegado a Buenos Aires para estudiar periodismo deportivo en Deportea hacía menos de dos semanas. Era todo nuevo para mí: la cantidad de autos, las bocinas incomprensivas, los olores, las veredas angostas y llenas de gente, y sobre todo, la gente. Hasta el sol era diferente, oculto bajo una gran capa de smog que lo escondía y hacía que no llegara pleno a ningún lado. Aquel día estaba parado en la puerta de esa escuela con mis primeros compañeros de clase. Recién eran las primeras palabras que cruzaba con ellos. Estábamos los cuatro parados en ronda en la puerta del lugar. Y llegó el momento en que yo hablé, dije: “Son muy cortas las clases, y ainda la profesora llega tarde”. “¿Cómo?”, me preguntó un flaco rapado que estaba parado frente a mí. Volví a repetir lo que había dicho, con las mismas palabras, lentamente, por temor de que no me hubiesen comprendido por la rapidez con que lo había dicho. “¿Qué?”, me volvió a preguntar el más gordo de todos, arrugando la cara. “La clase… que es muy poco tiempo, no llegamos a…”. “No, no”, me interrumpió el flaco rapado: “¿que dijiste recién?” “Eso, que es muy…”, y volví a comenzar con mi explicación. “No, esa palabra que dijiste recién, ¿qué, es guaraní?” Y las risas explotaron en los rostros de todos mis compañeros. Yo los miré sin comprender, y con un poco de intranquilidad. “Soy de Corrientes, quizá es por mi tonada…”, comencé a decirles. Se siguieron riendo ruidosamente, no por mi acento, ni por mi excusa, sino por la ocurrencia ignorante del flaco rapado. “No dije ninguna palabra en gua…” Pero cuando estaba por terminar de decir la palabra guaraní, el flaco rapado que no paraba de reírse me interrumpió: “No, te lo decimos por esa palabra que dijiste, inda o algo así”. Comencé a hacer memoria. A recordar la frase que había dicho, cada una de sus palabras. Y ahí recién la encontré. “Ah, ainda… ¿ainda, dicen?”, les pregunté, sorprendido. De nuevo las risas. Sí, me dijo el flaco rapado, ésa, ainda. Recién ahí me di cuenta que había utilizado esa palabra. En cuestión de segundos tuve que tomar conciencia de la expresión que había utilizado y construir una investigación interna para satisfacer de manera convincente a mis nuevos compañeros. Todo eso entre medio de las risas que por suerte cada vez se iban aplacando más en mi cabeza. “Ainda es una palabra en portugués… ”. Los cuatro me miraron y frenaron súbitamente sus risitas. “Qué raro”, me dijo el gordo que estaba al lado mío: “¿en Corrientes mezclan los idiomas?”, me preguntó con curiosidad, y ya con la cara seria, imitando de manera fiel la mía. En ese momento les conté: “Yo vivo en Paso de Libres, enfrente de Uruguaiana, Brasil, a menos de cinco kilómetros y... ” “Ah, sí, yo pasé por ahí cuando fui a Camboriú”, me interrumpió el petisito, que hasta ese momento no había hablado ni una sola palabra. “Pero no entré a la ciudad”, prosiguió. “Sí, casi todos los que van a las playas del sur de Brasil pasan por ahí”, les dije. La charla se fue desviando para ese lado: para el lado geográfico, y vacacional. “¿Uruguaiana es grande, no?”, me preguntó el gordo que estaba al lado mío. “Sí, es grande”, le contesté. “¿Y vos vas todo el tiempo, me imagino?”, me repreguntó. Ahí dudé. “Todo el tiempo no, pero sí voy bastante seguido”, dije. Cuando parecía que íbamos a cambiar de tema de forma rotunda, y hablar sobre la clase, sobre la carrera de periodismo, sobre fútbol, sobre el gran comienzo de campeonato de (mi) River (que más tarde ganaría) y otras cosas, el flaco rapado volvió con la pregunta inicial: “¿Pero al final, qué significa Ainda?” Y las risas comenzaron de nuevo. Cuando comencé a hablar, de manera seria y con una cara que seguramente reflejaba un fastidio que no podía manejar, que no podía ni quería esconder, mis compañeros ocultaron de súbito los dientes. “Ainda significa todavía. Eso: significa todavía”, les dije, terminante, intentando dar por acabado el tema. “Pero qué, ¿sabés hablar en portugués?”, me volvió a preguntar el flaco rapado, que ya me comenzaba a caer mal (después resultó ser con el que me mejor me llevé). De inmediato no supe qué responder, porque en realidad yo no sabía hablar en portugués, sólo lo comprendía. Pero inflé el pecho y le respondí. “Sí, sé hablar muy bien portugués”, le dije acentuando las palabras para que sonaran más tajantes.
Después de decirles eso ya no quise seguir charlando con ellos, al menos ese día. Y para culminar la conversación miré el reloj y aduje falta urgente de tiempo. “Me tengo que ir, gurises”, les dije. Y las risas volvieron. Pero no les di tiempo para que me preguntaran sobre la palabra gurises. Me di media vuelta y crucé la calle al trotecito.

Advertencia del autor: es muy probable que esta situación pueda darse a la inversa.

Carreras


Es domingo. Las nubes encapotan el cielo, parece que va llover. Son las tres de la tarde y todavía no me decido. ¿Voy o no voy?, me pregunto. Pero un mensaje de texto que me envía mi hermano me hace cambiar de opinión. Como no quiero ir solo, intento convencer a mamá para que cambie su cómoda siesta por estar a la intemperie de un día nublado, parada detrás de un guardaray, en el medio de un polvo arremolinado por el viento y por las pasadas de los kartings y las motos. La convenzo. Obvio, no por mi poder de persuasión, sino porque corre Fabio, su hijo.
Nos abrigamos un poco y salimos.
No fui más que una vez al circuito Santa Bárbara. Le pregunto a mamá si es ése, apuntando con la mano cuando todavía vamos por la ruta. No sé, Matías, no tengo idea, me contesta. Hasta que en un momento pude ver algo a lo lejos: varios autos estacionados, amontonados en un descampado, y algunas carpas de diferentes colores. Es ahí, ya no tengo dudas. Allá, le digo a mamá. Doblo y despacio recorro los cuatrocientos metros que me separaban del circuito, entre pozos y charcos. Ingresamos. Entre una gran cantidad de gente, lo veo a Fabio. El también nos ve, y apenas lo advierte, comienza a alejarse de nosotros. Estoy seguro que está sorprendido (creo que mamá no se da cuenta de eso, tampoco se lo quiero decir). Lo sigo con la vista. No quiero alcanzarlo. Reconozco su carpa, su karting y nos quedamos parados al lado. En ese momento no corre nadie por el circuito. No tenemos qué mirar. Nos ponemos a charlar. Intento explicarle a mamá algo que no sé: de carreras, de motores, de pistas. Pero no estamos ahí para mirar carreras, ni escuchar cómo suenan los motores ni lo complicado del circuito. Estamos ahí para verlo a Fabio; para ver a mi hermano; para ver a su hijo.
Fabio no se acerca hasta que pasa un buen rato. Al llegar a donde estamos ni nos saluda. Pero él es así: parco, lacónico. Fabio, le digo, como para avisarle que estamos ahí (aunque sé que él ya nos vio). Apenas levanta la cabeza, como peinando una pelota hacia atrás, en señal de saludo, se mete en la carpa para revisar su karting. La miro a mamá, como para excusarlo, para decirle: vieja, vos sabés como es Fabio, además debe estar nervioso. Pero ella ni me mira a mí; lo mira a él, callada, sabiendo cómo es él. A mi pensamiento lo interrumpen los ruidos que ahora vienen de la pista. Nos damos vuelta. Una de las carreras de motos ha comenzado. Ya largaron, le digo a mamá. No son más de diez chicos que manejan entusiasmados, a una velocidad que desde afuera se ve como si estuvieran paseando. Dan unas vueltas y termina. Me acerco a Fabio y le pregunto por su carrera. Largo último en la Serie porque no pude clasificar, me dice. Al rato llaman a los pilotos por los altoparlantes. Entre ellos llaman al karting número dos, el de Fabio. Sale a la pista. No alcanza a dar la vuelta previa que se queda. ¿Y Fabio?, me pregunta mamá. Se quedó, responde una persona que estaba al lado nuestro y que había escuchado la pregunta. Del otro lado de la pista se lo ve a Fabio, minúsculo, parado al lado del Karting. Voy hasta allá, le digo a mamá. Cruzo toda la pista y llego hasta donde está él. ¿Qué pasó? No sé que le pasó al motor, parece que se tomó, me responde. Al ratito me pregunta si puedo ir hasta la carpa a buscar una camioneta para llevar el karting. Sí, le respondo, y salgo caminando. Apenas doy unos pasos comienzo a trotar, casi sin querer, casi sin pensar. Llevan el karting a la carpa y lo corroboran: no va más. Le digo a mamá: qué temprano nos vamos a ir casa. Ella no se ríe. Pero al final, no es así, comienzan a cambiar el motor del karting de Fabio. Le colocan uno que tienen de repuesto para este tipo de emergencia. ¿Llegan para correr la final?, le pregunto. Sí, me contesta, escuetamente. Detrás de nosotros corren y corren las otras Series. Hasta que llegan las finales: las de motos, y por último, la de karting. Por los altoparlantes de nuevo se oye que llaman a los pilotos. Miro hacia donde está Fabio y todavía están terminando de colocar el motor en el karting. Los ruidos de los otros motores ya chillan alrededor nuestro. Fabio ni se inmuta. ¿Corre?, me pregunta mamá. No sé si llega, le contesto. Pero sí, al final llega. Un par de minutos después el motor ya está en marcha, y Fabio encima del karting. Larga anteúltimo. Son casi veinte corredores. Dan la vuelta previa, se acomodan de nuevo y esperan la señal de partida. Largan. Fabio logra cruzar a dos o tres corredores en la salida, antes de la primera curva. Da la primera vuelta, da la segunda. No se queda más, le digo a mamá. Sí, por lo menos anda, me contesta. Nos reímos. Dan las vueltas de rigor y finaliza la carrera: Fabio termina octavo. Bien, Fabio, le grito cuando se saca el casco. Ni me mira. Me dan ganas de abrazarlo, pero no lo hago.A la noche, antes de volverme a Buenos Aires, lo voy a saludar. Está solo, sentado en la cocina, mirando televisión. Me mira y me saluda sin hablar. Yo lo saludo con un beso en la mejilla. Después del beso me mira sin sonreír. Me subo al auto que me lleva a la terminal y mamá me dice: estaba contento Fabio, ¿viste? Asiento con la cabeza, en silencio. Sin decir que tengo ganas de volver a casa. Sin decir cuántas ganas tengo de abrazar a mi hermano.
(Publicado en el Semanario Horizonte de Paso de los libres, Corrientes, en el mes de octubre de 2009.)

Crónica de una muerte filmada



Fue el 29 de junio de 1973. Eran las 9:10 de una fría y soleada mañana en Santiago de Chile. Ese día la ciudad amanecería invadida por tanquetas conducidas por militares, intentando derrocar al presidente constitucional Salvador Allende. El Tanquetazo, como fue llamado ese intento de golpe de Estado, falló, pero en él, murieron veintidós civiles (esta fue la antesala del 11 de septiembre de ese mismo año, donde el asesino, ladrón, mentiroso y cínico Agusto Pinochet terminó derrocando al gobierno socialista elegido por la vía del voto popular). Entre esos veintidós muertos, uno fue muy particular: el camarógrafo argentino Leonardo Henrichsen, que realizaba la cobertura de ese alzamiento para la Televisión Sueca. Henrichsen se había apostado para filmar en la calle Agustinas, a sólo dos cuadras de La Moneda (nuestra Casa Rosada, en la Argentina). Su filmación comienza mostrando una camioneta militar que se estaciona en la mitad de calle, varios soldados que descienden y que toman rápidamente el control apuntando con sus fusiles. Luego, decenas de mujeres y hombres, jóvenes en su mayoría, huyen hacia la posición de Henrichsen con los primeros disparos. Leonardo filma a unos 150 metros. En seguida aparece otra camioneta militar, da una violenta media vuelta y estaciona en una esquina. Son 11 soldados. La gente no para de correr. El pánico va ganando la acción que capta el lente de Henrichsen. Todo se hace más confuso, más violento. El oficial al mando (Cabo Héctor Hernán Bustamante Gómez) desenfunda la pistola, dispara al aire, patea a un civil en el suelo y le grita; y mira hacia todos lados: allí descubre a Leonardo que lo tiene atrapado con el ojo de la cámara. Sin parar de caminar dispara contra el camarógrafo argentino y el grupo de corresponsales, pero no les da a ninguno y pega la vuelta. La cámara se mueve desordenada sin perder el objetivo. Se escucha otro tiro y se ve el humo saliendo del fusil de un soldado que decidió hacer buena letra con su jefe disparando al mismo lugar. Pero no pasa nada. Mientras el soldado que acaba de disparar da media vuelta, otro, parado sobre la camioneta, acomoda el fusil sobre su hombro derecho, toma distancia y aguza el ojo asesino. Henrichsen enfoca con cuidado hasta tener precisa la escena: el cuerpo firme del soldado apuntándole cuidadosamente. Henrichsen empieza a captar con la cámara lo que luego será su muerte. Hasta que de un momento a otro esa cámara comenzará a filmar la nada. El poderoso impacto de la bala del Fal en el cuello de Leonardo Henrichsen le produce un desconcierto de planos. Henrichsen acaba de terminar de filmar su propia muerte; y también acaba de filmar a su propio asesino. Pero Henrichsen o su alma, o lo que fuere, sigue filmando unos segundos más. Y son esos mismos militares que luego de matarlo arrojarán la cámara a una alcantarilla para que no se descubra aquella filmación. Pero fue inútil, esa imagen recorrerá el mundo.
Aquel mismo día, a la noche y desde el balcón de La Moneda, Allende citó en su discurso, a los muertos civiles producto del Tanquetazo, y lo nombró a Leonardo Henrichsen como una persona que estaba ejerciendo su profesión y que había sido brutalmente asesinado. Para ese momento Henrichsen ya había pasado a la historia como el hombre que había filmado su propia muerte y por la cual, sin embargo, nunca se castigaría a los responsables.

El próximo anfitrión


El chico nos preparó los menúes en tiempo record, en menos de un minuto (el taylorismo, de parabienes, pensé). Pedimos mayonesa y ketchup. Puso los sobrecitos en la bandeja y nos fuimos. Estábamos en el Burger King de Santa fe y Ecuador, el que tiene dos pisos. Mi novia decidió ir al de arriba. Acá hay mucha gente, me dijo para persuadirme. Y subimos las escaleras charlando sobre la persona que nos había atendido. Viste que casi todos los que trabajan en estos lugares son personas retraídas, tímidas, me dijo. Yo me quedé pensando, como casi siempre que me refriegan estadísticas, tengan o no un buen estudio de campo. Cuando llegamos arriba me sorprendió que sólo una mesa estuviese ocupada. Así y todo, nos costó elegir la nuestra, esto se debe a que soy un imperturbable e influyente indeciso. Al final elegimos la que estaba pegada al ventanal que nos mostraba la calle Santa fe en tiempo real. Y por fin comenzamos con los rituales consumistas. Yo comí en el mismo tiempo que tardo en comer una milanesa a la napolitana con puré en la cocina de mi casa, contando también la entrada y el postre. Ella sí, tardó bastante menos, el necesario para este tipo de comidas. Cuando todavía quedaban pocas papas fritas, apareció por detrás de nosotros, un chico vestido con el correspondiente uniforme de trabajo, rascándose la cabeza con una mano y con la visera negra en la otra. Más estudio de campo, pensé. El chico era alto y muy flaco. Al vernos se puso de inmediato la visera. Al ratito comenzó a limpiar meticulosamente las mesas que estaban alrededor de la nuestra con un trapo celeste desteñido. Qué te dije, me dijo mi novia. Lo observé y vi que limpiaba, no la parte superficial, sino la parte de abajo de las tablas de las mesas. Miré hacia todos lados y no había nadie que lo estuviese controlando. Ordenes son ordenes, con una vez que se lo diga, ya basta, le contesté, con tono sarcástico. Es el perfil de personalidades que buscan en estos lugares: son personas que nunca van a cuestionar nada, y además viste que ninguno pasa de los veinte años, me dijo, hablando bajo para que no escuchase el chico. Va a ser seguro el próximo “Anfitrión del mes”, le dije. Crew, me contestó. No, eso es en los Mc Donal’s, le dije. Lo miré de nuevo al chico y ahora limpiaba la parte de atrás de los respaldos de las sillas que están amuradas al piso, y que también son, igual que la partes de abajo de las tablas de las mesas, muy difíciles que se ensucien. Tampoco pueden estar afiliados a ningún sindicato, y sus contratos laborales son bastante particulares, esos fueron algunos de los requisitos solapados que impusieron para instalarse en el país, le dije. Sería una corporación importante, me contestó mi novia. De pronto, oímos ruidos y al unísono, nos dimos vuelta: un hombre junto a dos pibes de no más de diez años cada uno, se habían sentado en una mesa detrás de nosotros. Pero no alcanzaron ni a comer una sola papa frita, que el chico se acercó y amablemente les dijo que el lugar ya estaba cerrado. Se pararon y se fueron sin decir nada. Ya nos vamos, le dije al chico, con la voz alta, para que me escuchase y con la intención de sacarle alguna sonrisa. No, no, no se preocupen, quédense, me contestó, pero sin reírse. Fue una muy buena indirecta, le dije, casi acompañado de una carcajada. Por fin, ahí sí, me miró y se sonrió sin acotar nada. Levantamos las bandejas y las llevamos hasta el basurero. Cuando íbamos bajando las escaleras, nos cruzamos con otro chico, pero que tenía un uniforme diferente al que vestía el que estaba arriba. Nos saludó amablemente, y sin mirarnos. Al salir, esquivamos el cartel que estaba en el medio del pasillo, y que pedía por favor que tuviésemos cuidado con el piso recién lavado. Llegamos afuera y los dos nos cerramos las camperas. Qué rica estaba mi hamburguesa, le comenté, toqueteando los cuatro sobrecitos (tres de mayonesa y uno de ketchup) que tenía en el bolsillo del vaquero. La mía también, me contestó. Comenzamos a caminar por Santa fe hacia Ecuador, y el cartel del Burger nos iluminó las espaldas hasta que doblamos la esquina.

La casa de Julio

 La primera vez que leí algo de Cortázar fue a los dieciséis años. Recuerdo que era de una colección que venía con el diario La nación. Se lo había comprado a Manolo Garrido, en aquel negocio que tenía por la calle Colón, en Paso de los Libres.
Yo apenas conocía a Julio Cortázar. Sólo había escuchado que era uno de los grandes de nuestra literatura (y no había escuchado mal). Lo que adquirí aquel día fue Rayuela: un mamotreto de tapa dura y azul. Recuerdo que no llegué ni a terminar el primer capítulo. Y era entendible, quizá no estaba preparado para esa gran catarata literaria que me proponía Cortázar. Pero tuve una segunda oportunidad, y fue acá, en Buenos Aires, y no fue con Rayuela.
Pasó así: un día, cuando apenas hacía dos meses que había venido desde Paso de los Libres, salí a pasear por ésta ciudad que tanto yo desconocía. Caminé por Santa Fe, desde Scalabrini Ortiz hasta Coronel Díaz, observando cuanta vidriera había. Al volver a mi departamento, y caminando por la calle Marcelo T. de Alvear, me topé con una librería de venta de libros usados. No dudé, entré y empecé a recorrer con la vista los lomos de los libros. Había de todo y todo estaba muy bien organizado, como para hacer mucho más fácil la búsqueda. Yo, en ese momento no buscaba nada en particular, tampoco ahora lo hago cuando entro a una librería; siempre trato de dejar que ése libro, que inconscientemente ando buscando, me sorprenda y se coloque delante de mis ojos. Así, buscando, me sorprendió uno: “Treinta Cuentos Argentinos 1880 a 1940”, rezaba la tapa. Lo abrí, y leí su índice. Borges, Quiroga, Payró, eran algunos de los autores de los cuentos de un lado de la página. La di vuelta y había más, seguí leyendo: Guiraldes, Macedonio Fernández… Hasta que lo vi. El apellido Cortázar se cruzaba nuevamente delante de mis ojos. Leí Cortázar, y encima de su nombre, el título del cuento: Casa Tomada (incluido en su primer libro, Bestiario, 1951). Fui inevitable: lo cerré, fui hasta la caja, lo compré y volví a paso rápido a mi departamento. Apenas entré fui derecho a la cama y comencé a leer ése cuento. Lo leí de un tirón, acostado, casi sin moverme. (Asumo que muchos de los que están leyendo este artículo ya leyeron ese cuento, pero yo igualmente se los voy a recordar de manera sucinta.) El relato, que según los críticos, había sido el primero de Cortázar, trata sobre dos hermanos que nunca se casaron, que viven en una casa antigua e inmensa, y donde sus únicos quehaceres son mantenerla limpia y ordenada. Todo marcha bastante bien, hasta que un día comienzan a escuchar ruidos, susurros, y por eso tienen que ir abandonando por partes la mansión, pensando que está siendo tomada por intrusos. Se van recluyendo hasta que esos intrusos acaban por ocupar toda la casa y por el cual esos hermanos, se dicen para ellos, deben marcharse. Al dejar la casa (con una facilidad y resignación notable), tiran la llave por la alcantarilla, porque, como dice al finalizar el cuento: “No fuese que a algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en la casa, a esa hora y con la casa tomada”. Lo trascendental de este relato es que Cortázar en ningún momento deja claro de qué naturaleza son esos intrusos, dejando lugar a numerosas interpretaciones.
Una de esas interpretaciones relaciona al cuento con una alegoría antiperonista. Donde la casa tomada sería la Argentina tradicional que debe ir retrocediendo bajo la avanzada del peronismo. La visión de esta obra cortazariana ha significado un verdadero anatema del autor por parte de la cultura oficial peronista, que durante muchos años lo calificó de gorila. Cortázar nunca se defendió de esa interpretación, decía que bien podía ser válida. Sin embargo, también decía que la idea del cuento provenía de un sueño.
Otras de las interpretaciones es la de incesto entre esos dos hermanos, sostenida por el propio Cortázar, en el cual, ambos, Irene y el narrador (los hermanos), forman una sociedad endogámica, aceptando sin inconvenientes esa situación.
Pero más allá de estas dos interpretaciones, yo les voy a contar la sensación (¿acaso interpretación?) que tuve aquella primera vez que lo leí. Todavía la recuerdo, me había atravesado todo el cuerpo: era un miedo insondable. Quizás por los fantasmas que me imaginé que recorrían esa casa y que no dejaban en paz a esos dos hermanos. O tal vez por la tensión provocada por un inminente ataque de los otros a esos desprotegidos hermanos. También pensé, después de leerlo, que esos dos hermanos fácilmente podrían llegar a ser esos fantasmas, y que se irían replegando ante la llegada de los verdaderos y reales habitantes de la casa.
Ciertamente, el cuento de Cortázar podría enmarcase bajo el género fantástico, pero de la manera en que está narrado, con un realismo rabioso, hace que ni experimentemos esa fantasía. Que pensemos en personas, o tal vez, en fantasmas sí, pero sin salirnos de un realismo que nos transporta y nos hace transitar por toda esa casa.
Uno podría tomar cualquiera de estas interpretaciones antes de leer el cuento (si es que aún no lo leyó), o después de leerlo (si es que va a leerlo), y adaptarlas a su gusto y piacere, seguro se ajustarían. Pero más allá de esas interpretaciones, sensaciones, la mejor manera de disfrutar de él (y de casi todos los cuentos, de Cortázar o de cualquier otro escritor) es dejándose llevar. Sí, en este caso, dejando que Cortázar nos cuente esta hermosa historia. Que nos tome de la mano, que nos presentes a esos hermanos tan particulares y nos transporte por toda esa casa. Por ésa casa, que parece, está tomada.